Relatos Porno

23 julio, 2014

EN EL BAILE, LOS PRIMITOS Y ELLAS SE CONFUNDEN CON LA VEGETACIÓN

Estamos solos. Je je. Bueno, y Marc con Ferdy ahi al lado

Muy disimulado tú. No aprietas demasiado?

Je je. Te dejo respirar?

Lo que haces es clavarme la polla en el muslo. Al menos muévelo

Si lo hago me correré

Sabes una cosa? Me quité el suje.

Ya he notado tus pitones

Están más duros que tu verga. Mira…

Ya has follado antes? Estoy qué voy a reventar

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23 julio, 2014

Llegue un poco más tarde del colegio, la madre de mi compañera me trajo a casa y encontré a mis padres bastante serios, agradecieron a la señora luz y nos sentamos a cenar todos en silencio, ya tarde en la noche, me fui a mi cuarto, mis padres se quedaron hablando, posiblemente del divorcio, y la pregunta de mi papá y mi respuesta pasaban por la cabeza, de igual forma ellos lo arreglarían, me dormí. El sonido de mi puerta abrirse me despertó, él estaba entrando, con una sonrisa, solo traía puesto su pantalón de la pijama

- Menos mal que esta despierta- dijo mi padre- no quería hacer mucho ruido linda

-Papá ¿Qué haces? ma…

- Mamá nada, Lizbeth me crees tan estúpido, ella duerme muy placidamente-sonrio- y muero de ganas por volverte a comer ese coñito tan rico que tienes

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21 julio, 2014

Descansamos un rato.

-Me vas ayudar con el perro –dije de pronto-

Me levante y del cajón de mi armario cogí un arnés con correas y que disponía de un pene de goma de 20 cms, uno más que mi verga  y un poco más grueso por la parte de atrás tenía un mini pene de unos 7 cms para el placer de la mujer que lo usara. Se lo di a la joven para que se lo pusiera.

-La protuberancia que tiene métela en tu vagina y así quedara sujeto además rozara tu clitoris. Voy a por Carlos, quédate de pie para que te vea nada más entrar.

Le vi en “su” rincón, de rodillas y mirando a la pared. Me acerque con sigilo y agarrándole del pelo le gire.

-Vamos perro al dormitorio- le grite-

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21 julio, 2014

La dejé afuera de su casa, me quede con sus besos un par de promesas y un te amo dibujado en la ventana del copiloto que procure que la naturaleza no borrara por miedo a que ella lo olvidase, llegué a mi casa, la oscuridad me impidió ver quien se abalanzaba sobre mi, pero mis labios la reconocieron de inmediato, Romina estaba aquí.

 

  •      Romina no, detente – le dije intentando zafarme de sus besos -
  •      No hables, solo hazme tuya, esta noche yo te necesito - respondió volviendo al ataque -
  •      No puedo – la empuje – por favor
  •      ¿Es por ella?, ¿aun sigues guardándole puesto?
  •      Ahora es diferente – le respondí tratando de sacar su pinta labios de los míos -
  •      ¿Acaso volvió por ti? – preguntó sentada en el borde de la cama -
  •      Algo así – respondí secamente -
  •      Solo te pido una noche mas Julieta – dijo en forma de suplica -
  •      No puedo – le dije dándome la vuelta, para no ver su enojo -
  •      ¿No puedes?, ¿Qué te prometió?, ¿Qué iban a tener una nueva vida?, si es así, ¿Dónde está?, porque acabas de llegar sola otra vez, dime… ¿donde está tu gran amor que no puede acompañarte esta noche? - dijo mientras se acercaba a mi furiosa -
  •      En su casa, con su familia – me di vuelta para mirarla – eso en realidad a ti no te importa, viniste por sexo, lo lamento… no quiero
  •      Te vas arrepentir Julieta – dijo tomando su chaqueta – acuérdate de mi, ya te dejó una vez – salió casi botando la puerta -
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A mis veinticinco años recién cumplidos acababa de pasar por una experiencia de un año y medio que no tengo claro cómo va a continuar, ni yo ni el resto de protagonistas. Ahora mismo estamos aterrizando en el aeropuerto de Madrid, regresando a casa, y ¡de qué manera!

Somos mi padre Eduardo de 46 años, alto, cabello negro rizado y abundante, ojos azules intensos, con la barba recortada de dos días. Una cara con rasgos muy masculinos, mentón rectangular, labios carnosos. En la zona de las patillas ya le salen canas por lo que lo hace interesante. Es un hombre muy varonil y que le gusta cuidarse. Aunque tiene un cuerpo fibrado no va al gimnasio. El esfuerzo del trabajo diario ya le sirve como ejercicio personal. De hecho, las mujeres suelen fijarse mucho en él. También estoy yo, Andrés. Soy alto como mi padre y he heredado mucho de la fisionomía de él: su cabello negro rizado y su mentón rectangular, aunque mis ojos son de color verde claro. Nos parecemos bastante. No me puedo quejar de mi físico tampoco. Me cuido casi tanto como él. Soy como una copia de cuando era joven. Las chicas también me miran bastante cuando voy por la calle. El tercer protagonista es Marcos. Con el paso del tiempo se convirtió en uno de los mejores amigos de mi padre. Son compañeros de trabajo desde hace veinte años y se llevan muy bien. Marcos tiene 40 años. Casado con dos niños. No tan alto como nosotros. Rubio, pelo muy corto y con los ojos marrones. Marcos ha dedicado muchos años al gimnasio, por lo que puede presumir de músculo. Le gusta vestir con ropas muy ceñidas al cuerpo.

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- ¿Qué tal ha ido, mamá? – una vez que hubimos salido de la tienda taller del padre de Sara. Caminando por la calle, acompañando a mi madre como buen hijo.

- Bueno, no ha ido mal. Es un hombre educado. Ha disfrutado conmigo.

- Estoy seguro que te ha disfrutado, mamá. ¿Te ha costado mucho hacerlo?

- Bueno, ya sabes hijo, estas cosas van como van, pero estoy contenta de haber servido para tu moto.

- Estaba obsesionado contigo. Eres un símbolo sexual para él. Vaya morbo. ¿Le has hecho correrse bien?

- Tu madre ha sido buena puta. Se ha corrido bien. Como tu querías.

- Me encanta, eres mi madre, vas follada como una putorra cualquiera. Mejor, vas recién follada.

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Hola me llamo Lizbhet, soy una chica de México de 24 años, mido 160 cm tengo senos medianos con aureola mediana y pezones del tamaño de goma de lápiz y mido como 95 cm de trasero de hecho tengo unas nalgas paraditas, de cara soy bonita a secas, cabello negro lacio a media espalda. Yo siempre he sido un tanto sumisa, recuerdo que cuando era chica en la primaria, mi abuelo materno me tocaba, nunca me penetro pero si me dedeaba hasta que un dia me metio muy adentro su dedo y me lastimo yo llore y el dejo de hacerlo ya no me molestaba tanto aunque ocasionalmente me toqueteaba cuando pasaba junto a él, tambien algunos otros parientes me tocaban, de milagro no perdí mi virginidad antes de lo que cuento, tiempo despues se lo dije a mi mamá y me conto que hacian lo mismo con ella cuando era chica, sin ningun otro comentario como si fuera normal.

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La luz comenzaba a colarse entre cortina y cortina. Estaba en un hotel, ¿Qué hacía allí? Llevaba unos meses muy mal, hacía alrededor de tres meses mis padres tuvieron un accidente de coche en el que murieron, heredé todo lo que tenían, piso alto en el centro con vistas a toda la ciudad, casita rural a pie de playa, y bastante dinero como para pasarme bastantes años tirada en el sofá. Yo con mis 25 años trabajaba como fotógrafa de modelos en una revista, la revista que mi padre dirigía… Él era director de una conocida revista, y mi madre, periodista, podría decirse que era el negocio familiar. Aguanté tres meses rodeada de todo aquello, cada rincón me recordaba a mis padres, cada cosa que hacía me recordaba a ellos, yo no sabía dirigir aquello, así que contraté a Josh, un gran amigo que había estudiado para ello. Sabía que lo dejaba en buenas manos y sin decirle nada a nadie, me fui de allí, a otra ciudad.

Durante una semana vagabundeé por una extraña ciudad a la que nunca había ido. Entre las diversas atracciones de ella, y las varias fotos que tomé, me solté un poco y mejoré. La que decidí que sería mi última noche allí, ya que me sentía preparada para volver a mi vida, fui a la discoteca del hotel, bailé, bebí y canté a todo pulmón al ritmo de la música. Hasta que decidí sentarme a descansar un poco y di el ultimo sorbo a mi copa.

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16 julio, 2014

La verdad es que, desde bien pequeño ya me fijaba más en los hombres que en las mujeres y las niñas; sobretodo en mis profesores. Había uno que, me gustaba especialmente: era un hombre muy amable y guapo, pero éste no es el del asunto que nos ocupa.

Fue en el instituto. Como siempre, yo más que fijarme en los chicos de mi edad me fijaba en mis profesores. El de matemáticas era el más guapo, siempre vestido con traje y corbata, le quedaban muy sexy y, muy rara vez vestía de forma más formal, cuya vestimenta también le sentaba como un guante; el de lengua castellana era el más maduro, pero tenía su gracia con su barba blanca; el de física y química también me hacía tilín, pero los que más me gustaban eran los de lengua catalana y educación física. Ambos eran muy majos y muy guapos y muy todo. Eran increíbles.

Un día, en clase de educación física, me quedé embobado mirando el rostro perfecto del profesor Lapiedra. Ernesto era el hombre más guapo que había conocido nunca: con sus ojos algo pequeños, bonitos y de color azul oscuro, su cabello negro y entrecano; sus cejas pobladas pero bien peinadas; su nariz alargada y recta; unos labios carnosos que me hacían la boca agua; unos pómulos perfectos y el mentón fuerte. Su cuerpo era atlético pero sin llegar a estar musculoso, solo algo definido y lo ataviaba siempre con ropa de deporte, muy pocas veces se le veía de forma más casual. La única vez que lo vi con tejanos y camisa a cuadros fue una vez que fuimos a una sesión de cine y Ernesto era uno de los profesores que debían vigilarnos; estaba guapísimo, se podría decir que, en ese momento, me enamoré perdidamente de aquel ser perfecto.

Conmigo era muy amable, sabía que con mi condición física, mas estaba algo rellenito, me era bastante difícil sus clases y, por ello, casi siempre me pedía disculpas después de las dos horas seguidas de gimnasia y me decía que no me preocupara, que si yo lo deseaba podría acabar con ese problema, que él de joven estaba igual que yo y que, sinceramente era un chico muy guapo como para ponerme a régimen o cambiar algún aspecto de mi cuerpo. Esas palabras, cuando me enamoré eran un soplo de aire fresco que me llenaban de felicidad.

La sorpresa me la llevé un día cuando, después de ducharme y salir completamente limpio de una de sus clases, me levó a un rincón apartado y, entre susurros, me dijo que si podíamos quedar un día en su casa. Yo, deseoso de poder pasar tiempo con él, enseguida contesté que sí. Creo que algo notó en mi, que se dio cuenta de mis sentimientos y quería hablarlo conmigo en un lugar donde nadie pudiera molestarnos; en el insti había mucho chafardero.

Quedamos esa misma tarde. En el instituto, los miércoles y viernes por las tardes no había clases. Salí de mi casa a eso de las cuatro y media con un polo negro y unos tejanos oscuros y el pelo mojado, acababa de ducharme para ir bien limpio y oler bien a colonia. Subí en el autobús que pillé por suerte nada más llegar a la parada y, casi veinte minutos después, el vehículo me dejó frente al bloque de pisos donde Ernesto vivía. Era un edificio no muy alto de cinco platas; por suerte para mi, solo tendría que subir las de la entrada y ya tenía su piso a mi alcance.

Llamé al timbre y, sin contestarme me abrió la puerta principal, la traspasé y entre en la entrada iluminada por el sol y alguna lucecita de focos redondos y pequeños. Estaba muy nervioso. Y más me puse cuando, al llegar a su puerta, sin necesidad de llamar a ella, Ernesto la abrió de par en par con una gran sonrisa de dientes perfectamente alineados y blancos; era, sumamente, perfecto.

Entre en la estancia y vi un pequeño pasillo con varias portezuelas que daban a las diversas parte del piso, la cocina, habitaciones…. estaba adornado con varias plantas aquí y allá situadas en los rincones. Llegamos, yo primero porque me hizo pasar a mi muy caballerosamente, al salón, grande, con vistas no muy bonitas, pero vistas al fin y al cabo, un gran sofá de piel negra adornado con cojines blancos, una mesa para cuatro y sus sillas correspondientes y un pequeño mueble con una televisión de plasma, en ese momento apagada.

Se acercó a mi y me besó en los labios. No fue un simple pico, no, fue un señor beso. Metió su lengua explorando cada rincón de mi boca y, era lo mejor del mundo. Sentir sus carnosos labios y su lengua recorrer cada centímetro de mi boca y sentir su saliva uniéndose a la mía propia fue excitante. Ernesto lo notó y dejó de besarme.

- Lo siento – le dije, incluso con miedo.

- ¿Por qué? – se extrañó él.

Yo me encogí de hombros algo aturullado y enfadado conmigo mismo. ¿Cómo había sido capaz de empalmarme con un beso tan apasionado? ¿Cómo había podido no querer resistir la tentación del empalmamiento, tras algo que esperaba desde hacía tiempo? Con lo que yo lo amaba y, voy yo, y me pongo cachondo con el primer beso.

- Tranquilo – me dijo abrazándome – es muy normal en chicos como tú, de tu edad que, con un beso se exciten; a mi me pasaba también, y me sigue pasando.

Aun con esas palabras, no me convenció para dejar de estar malhumorado conmigo mismo.

- Mira, hagamos algo. ¿Te gustaría hacer el amor conmigo?

¿Qué si me gustaría? ¡Pues claro! Como no iba a querer perder la virginidad con ese hombre tan perfecto, ¿era una broma? Pero también me daba miedo. No lo había hecho nunca y la verdad no estaba seguro de ello. ¿Quería eso decir que si me acostaba con Ernesto, él se olvidaría de mi y no sería más que otro alumno? Yo no quería eso, yo deseaba ser definitivamente suyo y para siempre, ser su amor, su amante en la cama, su niño, su cariño, su todo, incluso el padre de sus hijos.

- No sé Ernesto. ¿Te puedo llamar Ernesto? – él cabeceó afirmativamente – Yo siento algo muy fuerte por ti. Estoy… esto…. estoy enamo… en… enamo…

Y no pude acabar de declararme porque Ernesto me hizo callar con un beso. Otra vez sentía su lengua dentro de mi y yo le daba ahora la mía, ahora que ya, más o menos, sabía como se hacía. Me rodeó por la cintura con sus brazos, poco definidos pero fuertes, y me llevó hasta su habitación sin dejar de fruncir sus labios sobre los míos. Algo me pasaba. No sabía el porque, pero algo me pasaba, me sentía excitado pero no como de costumbre. E hice algo que nunca habría hecho en otras circunstancias: llevé una de mis manos a su entrepierna y, sobre sus pantalones, le sobé su miembro que, en aquel momento, estimulado por mi mano y por mi propio yo, empezó a endurecerse.

Con sus grandes manos me fue quitando el polo negro y lo tiró al suelo como si fuera algo molesto; mirando mis tetillas, se quitó su camiseta y descubrí lo equivocado que estaba respecto a su cuerpo. Era fuerte y musculado, bien definido, algo peludo con pezones pequeños y oscuros. Acaricié su pecho de lobo con ambas manos, mientras él empezó a acariciar mis tetillas de gordito. Me estremecía del placer que daba cuando Ernesto apretaba, primero suavemente y después más fuerte, mis grandes pezones.

- Ah – gemía yo – ah, me gusta, ah.

Eso es, cariño, sigue gimiendo, me pones a cien – iba diciendo mientras llevaba sus labios a los míos de nuevo.

Sin ver más allá del cuarto de Ernesto, me llevó hasta su cama de matrimonio – no sé para que la tenía si vivía él solo – y me tumbó boca arriba. Se tumbó encima mío. Con sus manos apretaba mis pechos, mientras, yo manoseaba su escultural torso de atleta y, también, apretaba levemente sus pezoncillos.

Poco a poco, fue llevando sus labios a mi cuello. Me estremecí cuando noté la lengua recorrerlo todo. Fue bajando más y más hasta llegar a mis tetas. Cogió una con una mano dejando al descubierto el pezón y, acto seguido, se lo metió en la boca.

- ¡¡Ah, ah!! – grité

Los mordía. No los chupaba ni los lamía, los mordía y con que dedicación. Pasaba de uno a otro sin que yo me percatara del cambio. Estuvimos así unos veinte minutos, disfrutando de sus mordeduras en mis pezones. Era doloroso, pero me encantaba sentirlo. No deseaba que acabara nunca. Hasta que acabó.

- ¡No! – dije yo.

- Sí – contestó Ernesto con una sonrisa maliciosa en la cara –, Ahora viene cuando te hago mío.

- De acuerdo.

Se irguió de la cama, y se quitó los pantalones y el calzoncillo. Era enorme su pene. Nunca había visto una así, claro como voy a verlas si soy virgen, pensé. Debería medir por lo menos veinte centímetros y la verdad era que se me hacía la boca agua. Yo también me desnudé y dejé ver la mía algo más pequeña y Eernesto la sostuvo entre sus manos. Empezó a masajearmela y era algo muy rico dejar que una persona diferente a ti te la pajeara. Yo no me quedé atrás e hice otro tanto pajeando la suya con fervor. Ambos gemíamos de placer, era el éxtasis más grande del mundo. Pero iba errado, el mayor éxtasis vendría más tarde. Ahora tocaba hacer otra cosa.

- Siéntate – me dijo dulcemente cogiéndome de un mano y guiándome al borde de la cama.

Yo le hice caso y me senté. Ernesto empezó a pasar el glande rosado y toda su polla por toda mi cara; yo la buscaba con pasión, la quería sentir ya. Y entonces vino. Me la metí en la boca más de lo podía un novicio y me atraganté. Volví a intentarlo con menos presión y saboreé todo el glande. Lo lamía con mi lengua, lo besaba, lo chupaba como si un polo de hielo se tratase. El sabor era exquisito, a orín y el líquido pre seminal, así supe como sabía un hombre y, poco a poco fui tragando más tronco de aquel pedazo de carne. Pensé que, como era novato en eso y era mi primera vez, a Ernesto no le gustaría mi mamada, pero era todo lo contrario; gemía levemente y más fuerte cuando el glande por fin entró por mi garganta. Aquello me provocó una arcada, pero me reprimí y a Ernesto se le puso aún más dura y se mordió el labio inferior del gusto. Estuvimos así no sé cuanto rato, pero al final noté como la polla de Ernesto se contrajo un tanto y:

- ¡¡¡AAAAAAAAAAH!!! ¡¡¡AH, AH, AH, SÍ!!!

Me llenó toda la boca de leche, su semen. Era viscoso y caliente y tenía mal sabor, pero por alguna extraña razón, me gustó sentir aquello entrar en mi boca. Al final acabé tragando y Ernesto me dijo que le gustaban las mamadas así y que aquel momento no había acabado. Yo seguí bien caliente y con la polla bien tiesa y me gustó que no acabase ya. Ernesto se agachó y se la metió entera en la boca hasta mis testículos.

- ¡JODER! – gemí.

Era placentero, demasiado placentero como poder explicar con palabras lo que se siente con una mamada. Era húmedo, eso sí, pero inexplicable.

Pensé que llegaría a correrme cono había hecho Ernesto, pero no me dejó llegar al final. Por el contrario, me dijo que me pusiera allí mismo, en el borde de la cama a cuatro patas y así lo hice. Él manoseó mis nalga y las cacheaba fuertemente dándome placer. Separó las nalgas y noté un airecillo que nunca había sentido en aquella zona, como siempre estaba bien tapada. Fue agradable. Aunque más agradable fue sentir su boca en mi ano, cosa que me hizo estremecer y gemir. Metió la lengua sin ningún pudor y también me rea inexplicable lo que llegaba a sentir dentro de mi ano con su húmeda lengua entrando y saliendo por el ano. Con la lengua metió un dedo; yo me notaba algo raro en el ano, pero me gustaba mucho. Y metió un segundo y los iba moviendo de adentro hacía fuera repetidas veces. Y metió un tercero y un cuarto. Poco después ya tenía el puño entero entrando y saliendo de mi ojete desgarrándome de forma dolorosamente agradable, pero enseguida lo saco.

Me llevó hasta tumbarme de nuevo en su cama – ésta vez boca abajo – y llevó su polla, de nuevo erecta a mi boca. Yo comencé a chuparla de nuevo. Es para lubricarla, me dijo, y así estuve un rato hasta que ya vio suficiente y se puso tras de mi, cogiéndome por la cintura y levantando un poco mi cuerpo hasta dejarme de nuevo a cuatro patas.

Sin previo aviso noté como me metió casi la mitad de la polla por el ojete. ¡Dios, que dolor! Yo grité como nunca había gritado.

- Relájate – me dijo – ya verás como dentro de poco te gusta.

Y, poco a poco, la tuve toda dentro de mi, todo aquel pedazo de carne tan delicioso. El dolor era agudo y no noté en ningún momento que aquello me gustase. Ernesto empezó a mover su pelvis poco a poco y notaba como salía casi toda para luego volver a entrar al abrigo que le proporcionaba mi ano. Cada vez fue dando bandazos más rápidos y yo gemía lastimeramente. Hasta que, Ernesto la sacó casi por completo y estuvo un segundo sin hacer nada. Yo deseaba hacerlo, pero me dolía y me sentía molesto conmigo mismo por no darle a aquel hombre tan perfecto lo que se merecía. Entonces embistió muy fuertemente haciéndome gritar más alto aún de lo que ya lo había hecho en toda la tarde. Volvió a sacarla hasta el glande y volvió a embestir, de improviso, haciendo sonar su pelvis con mis nalgas. Y así hasta que mis gritos fueron más un gemido de placer. Cómo había cambiado aquello, no tenía ni idea, sin previo aviso deje de notar el dolor para sentir uno aún más agudo pero más placentero.

Poco a poco, las embestidas de Ernesto eran más fuerts hasta llegar a, lo que se dice, follar duro. Yo gemía y gemía como una perra en celo y Ernesto más excitado se ponía follándome al culo de aquella manera tan lujuriosa. Embestía y embestía ¡Pam, pam pam! Iba haciendo su pelvis chocando contra mis nalgas fofas. Y pam pam también iba haciendo su mano izquierda que pegaba, certeramente, mis dos nalgas; la otra me tiraba del pelo, pero evitaba que fuera muy fuerte, yo solo notaba que me tenía agarrado pero no sentía el tirón del cabello. De ahí paso su mano por todo mi lado derecho del cuerpo hasta llegar a mi polla dura y comenzó a pajearme ricamente. Era muchísimo mejor así, con una polla entrando y saliendo bien fuerte por el culo.

La sacó. Yo pensaba que, a lo mejor, se había corrido pero no era el caso. Me dio la vuelta, dirigió mis pernas hasta caso tocar mis rodillas con mis tetas y volvió a empotrarmela tan fuerte que mis gritos deberían de oírse incluso en mi casa. Volvió a masturbarme. Así estuvimos bastante tiempo, no podría decir cuando porque para mi se paró con el primer beso que me dio nada más entrar en su casa. Hasta que, por fin, me corrí.

- ¡¡¡¡OOOH!!!! ¡¡¡¡OOH!!!! ¡¡Aah!! ¡¡Ah!! Ah

- ¡¡¡¡SÍIIIIIIIII!!!! ¡¡¡OOOOH!!! ¡¡Oooh!!!

Nos corrimos a la vez. Ernesto me dejó todo el ano lleno de su rica leche, Sentí como le salía bien calentita cuando yo me corrí. Era estupendo, lo mejor del mundo.

Y desde aquel día fui el gran amor de Ernesto y él el mío y, cada vez que follabamos era el mayor momento de nuestras vidas.

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Recomiendo leer las dos primeras partes para darle un poco de continuidad a este capitulo

Después de haber recibido por el culo y haberle metido el puño al marques, pocas cosas nuevas podían pasar.

Este Viernes llegará un grupo de personas y habrá una gran fiesta, te puedes marchar de finde o quedarte, lo que tu prefieras, me dijo Raul. Me lo pensé un momento y decidí quedarme, seguro que me lo pasaría mejor.

Llegó el viernes y empezaron a llegar invitados, fueron unas 20 parejas de toda clase de edades.

Por la noche ese montó una gran cena tipo buffet en los jardines, las damas iban todas muy elegantes con unos vestidos muy atrevidos, todas con medias negras y grandes tacones, los tíos iban un poco mas informal, lo camareros eran los empleados de la casa las cuatro camareras, los cuatro negros y los dos árabes, todos perfectamente ataviados.

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