Relatos Porno

Era lunes, llegue a trabajar y cuando llevaba un rato allí, una llamada interna de Rebeca me alertó.
J.- Dime Rebeca.
R.- El jefe quiere hablar contigo en su despacho.
Fui primero a ver a Rebeca para que me adelantara algo, llevaba un vestido blanco ajustado y se le notaban unas tetas de impresión, cada mañana cuando la veía, pensaba que aún tenia varias noches para disfrutar de ella y mi polla, se endurecía al instante, los otros tres chicos de mi equipo, trabajaban sin cesar, y de vez en cuando sus miradas se perdían en el culo, o las tetas de Rebeca, me acerque a ella y dije:
J.- Hola, Rebeca sabes que quiere el Sr. Flores?
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14 noviembre, 2014

El retumbar de los subwoofers me golpeó nada más entrar en el local. Volví a arrepentirme de no haber quedado con las locas de mis amigas antes de ir a la discoteca, me iba a costar un mundo encontrarlas con tan poca luz. Me dirigí a la primera barra y pedí un ron con limón, si tenía que estar un rato buscándolas mejor que fuera con algo de beber.

Con la copa en la mano fui directamente a la segunda planta, en la primera la música era demasiado dance y estaba segura que allí abajo mis chicas no aguantarían ni diez minutos. Subiendo las empinadas escaleras pillé a más de uno y una mirándome las piernas. Lo cierto era que para una vez que me ponía minifalda, y con lo incómodo que era, se agradecía que al menos los demás lo valoraran. No es que fuera muy coqueta o fuera provocando por ahí, pero no me desagradaban las miraditas si no pasaban de ahí.

-¡Golfa! -Reme me gritó en la oreja nada más subir el último escalón mientras me pellizcaba el culo.

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13 noviembre, 2014

Como ya expusimos en la publicación de nuestro primer relato, somos un matrimonio en mitad de los cincuenta, que por primera vez, hemos probado el morbo de compartir con una tercera persona, -Andrés- el sexo más desenfrenado y  excitante de nuestra vida.

Hemos comenzado a disfrutar  de una forma, que solo  habíamos contemplado en nuestras fantasías. La experiencia que hemos tenido, nos ha estimulado para seguir explorando esta nueva etapa sexual.

Cuando Andrés nos comunicó  su traslado por motivos de trabajo, quedamos en que iríamos a visitarle. Como así hemos hecho este año.

Pero antes de relatar cómo ha sido nuestro  reencuentro, nos gustaría recordar brevemente, las sensaciones que hemos experimentado hasta llegar  aquí; ya que son el motivo  de continuar con esta locura de sexo desenfrenado.

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Sheila es la típica chica buena en la escuela, siempre con buenas notas y con escotes generosos que dejan a sus compañeros y maestros más que complacidos, cuando la conocí, tenía un aire inocente, nuestras pláticas iban y venían alrededor de nuestra carrera médica y sus retos. Y aunque siempre me pareció bastante aguerrida, esa parte tímida de ella, me hacía pensar que no era muy diestra en el sexo, aunque hubo un par de avisos que pasé por alto, hasta una amiga mía al verla por fotos me dijo que tenía cara de puta, sólo reí dije- no, si la conocieras te darías cuenta que no es verdad. No cabe duda que las mujeres se conocen bastante bien.

La primera vez que hicimos el amor, incluso tuve unas cuantas parestesias (o entumecimientos) a causa de la impresión de la mujer que me estaba llevando a la cama, era realmente ardiente, una ninfa.

Esta es solamente una introducción para que vean que prácticamente soy un chico normal que encontró en su camino a una ninfómana y desde entonces mi vida y percepción sobre el sexo, han cambiado radicalmente.

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La primera vez que la conocí era Laura madre de mi novia, me pareció una mujer exuberante y que confirme a la semana siguiente que fuimos juntos  a la playa y pude verla en bikini en ese momento me hubiera follado a madre e hija, pasó a estar en mis pajas y desapareció conforme había más roce y familiaridad, ya era mi suegra seguía pareciéndome una mujerona pero algo había cambiado, hasta que despertó de nuevo toda mi lujuria por ella.

Laura tiene 54 años es morena mide sobre 1,66 cm es guapa de cara, con ojos marrones claritos y como dije antes es una mujerona, una mujer con curvas que a primera vista puede parecer rellenita, pero es a causa de la ropa holgada que suele usar, gasta una 100 de tetas, sino más, tiene buenas caderas y un culo respingón más que apetecible. Por lo visto su cuerpo le da complejo y no suele utilizar ni ropa sexy ni ceñida.

Como resumen del primer capítulo: mi mujer me tiene con muchos altibajos sexuales, se queda en estado y durante 6 meses me deja a dos velas y me miente sobre su embarazo, mi suegra nos pilla discutiendo sobre ello y cuando a solas me pregunta sobre lo sucedido y con rencor dentro le digo que la solución es ir de putas, su reacción es que ella ocupara el sitio de mi mujer y me desahogara  mientras no pueda mi mujer  por el embarazo.

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10 noviembre, 2014

La capacidad del ser humano para complicarse la vida, no tiene límites y yo, Ramón Ramírez, estaba demostrando ser el más estúpido de la raza humana. Por no querer reconocer mis sentimientos hacia Mariano, había hecho la mayor gilipollez de mi vida: había participado en una orgía con dos de mis compañeros de trabajo. Una orgía donde el vicio y las mayores perversiones habían campado a sus anchas. Una orgía donde en vez de encontrar más repuestas, hallé más preguntas.

Me sentía sucio de los pies a la cabeza. Había bailado con el demonio y, lo peor, me había gustado tanto la música,  que me pegué a él como una lapa. Aún hoy en día, ignoro  realmente que me llevo a tomar parte de aquel acto inmundo. ¿Buscar un porque a mis nuevas apetencias sexuales? ¿Descubrir hasta donde era capaz de llegar?  ¿El morboso placer de lo desconocido?

El recuerdo de aquel joven afeminado sometido a los caprichos de tres policías, me persiguió durante mucho tiempo. ¿Hasta qué punto deseaba Rodri las vejaciones  a las que era sometido? ¿Dónde terminaba el placer por el abuso de poder hacia otro semejante y donde empezaba el  sexual? No creo que Israel y Vladimiro tuvieras inclinaciones homosexuales,  ni bisexuales, ni nada parecido. Simplemente les  ponía dominar a otro ser humano y lo mismo le daba que este fuera hombre o mujer.

Muy a mi pesar, tengo que reconocer que en los días siguientes mi inspiración para mi solitario placer matutino era el recuerdo de la doble penetración de la que formé parte. Era vaciar el contenido de mis cojones y, al tiempo que el agua de la ducha borraba toda huella de mi depravación, la omnipresente imagen de Mariano inundaba mi raciocinio, dejando que la mala consciencia  fuera la protagonista del día.

En unos días había pasado de estar eufórico por sentirme amado y deseado de nuevo, a tener la sensación de ser de la peor de las raleas. Lo único positivo que tuvo aquello fue que mi madre, al ver que la supuesta alegría que brillaba en mis ojos se había marchado, dejo de insistir con el tema de mi supuesta “querida”.  Unos días antes, la pobre mujer al verme feliz de lo normal  y conocer de mi boca  que en mi matrimonio todo seguía igual, se pensó me había echado una amante. ¡Si supiera cual acertada estaba…!

En la primera de nuestras rondas le deje claro a Vladi, mi compañero, que lo que había ocurrido aquel jueves no se repetiría. Algo que no pareció importarle demasiado, pues él había pensado hacer otro tanto al respecto:

—…mira Ramón lo de follarse a un mariconcillo está bien, pero donde se ponga un buen coño que se quiten toa las mariconas del mundo, por muy bien que la chupen…

No sé si me dijo aquello para dejar claro su hombría o porque realmente pensaba hacerlo, el caso es que su “aparente” retirada de los juegos de Israel con Rodrigo dio como resultado que  ni él ni yo, volviéramos a hablar de aquella nefasta experiencia. Ojos que no ven, corazón que no siente.

Más lo refranes populares no siempre se cumplen y, si con mi comportamiento había conseguido dejar atrás el desagradable acto, mi consciencia se negaba a olvidarlo. Es más, si en algún momento fui con mis compañeros a aquella singular orgia con la intención de  aclarar si estaba enamorado de Mariano, después de aquello mis sentimientos se volvieron más confusos. Por mucho que yo quisiera negarlo, toda la parafernalia de vicio desmedido me había agradado y aquello me daba una tremenda grima. ¿En quién me estaba convirtiendo? Desde que admití mi bisexualidad, me era difícil reconocerme en el espejo. ¿Qué me pasaría cuando descubriera que me estaba convirtiendo en un maldito depravado?

No obstante,  como no soy de quedarme quieto, empecé a idear algo que contestara mis incesantes preguntas. ¿Realmente quería a Mariano o era simplemente que estaba empezando a pensar con la polla? Estaba claro que lo de Rodrigo, la “putita” de Israel, no se parecía en nada a estar con  mi amigo y, por muy morboso que me pareciera todo, estaba a las antípodas de lo que encontraba en él.

Conocer si de verdad estaba perdidamente enamorado de alguien de mi mismo sexo, para más inri la persona con quien más confianza tenía,  se había convertido en toda una obsesión y, aun a sabiendas que me metía en un terreno pantanoso, la única solución era volver a tener relaciones con otro hombre.

Aunque mis miedos al “qué dirán” me impedían ir a saunas y cualquier otro tipo de ligoteo furtivo, recordé el día que fui con  Israel al gimnasio, la tensa situación con el chaval en las duchas y supuse que si aquello había ocurrido una vez, bien podría ocurrir otra.

Sopesé la idea ciento de veces y el viernes, veintisiete de julio, hice aparición por el dichoso club deportivo a ver que me encontraba. Me puse el chándal de marca que me regaló Elena por mi cumpleaños y una camiseta que me disimulaba un poco la tripa.

No me hacía ninguna gracia dejar a mi mujer a cargo de las niñas y  de mi madre toda la tarde, sabía que   tenía que aclarar lo que me pasaba antes de irme de vacaciones, no quería que por no tener la cabeza en su sitio,   estas se transformaran en   un  verdadero suplicio. Intenté aliviar mi consciencia diciéndome que al día siguiente que tenía el día libre compensaría con creces a mi esposa y  encaminé mis pasos hacia el elitista templo del culto al cuerpo.

Si la vez anterior cuando vine con Israel me sentí como pez fuera del agua,  aquella ocasión fue incluso peor, tenía el presentimiento  de que todo el mundo descubriría  los verdaderos y  sombríos motivos que me habían llevado allí. Al no ser socio, tuve que pagar en la entrada, motivo por el cual algunos de los repelentes pijos  que se encontraban entrenando en las maquinas cercanas a la recepción se me quedaron  mirando como si fuera un bicho raro, lo que incrementó el extraño sentimiento de culpa que abrigaba en mi interior.

Por lo que pude comprobar, era bastante temprano y al dejar la bolsa en los vestuarios,  únicamente me encontré con dos individuos que alimentaban su vanidad, mirándose al espejo. Su único propósito era ver cómo se le marcaba la musculatura y, para ello,  adoptaban poses de lo más pintorescas. Saludé pero ninguno me respondió. No sé si por “autismo” o por falta de educación.

Me cambié despacio con la única intención de  poder volver a ver al jovencito que, enseñándome su redondo culo, me provocó la vez anterior. Más la suerte no estaba conmigo y aparte del par de copias baratas  de la madrasta de Blancanieves (“¡Espejito, espejito, quien es la más hermosa del reino!”), no apareció nadie por allí. Me sentía como un lobo acechando a su presa, pero esta se negaba a aparecer, por lo que difícilmente podría caer en mis garras.

Un poco desilusionado, me dirigí hacia la sala de pesas que parecía estar en su hora feliz, pues la mayoría de máquinas de pecho (que era lo que tenía pensado entrenar) se encontraban ocupadas.

Corrí un poco  en la cinta con un doble objetivo en mente: calentar y esperar que alguien terminara su rutina para ocupar su sitio. Sin embargo, esto último parecía que no ocurría pues tras mis cinco eternos minutos simulando que corría, los aparatos  de musculación seguían ocupados. Puesto que había pagado y mi dinero era tan bueno como el de cualquiera de ellos, opté por preguntarle a un tipo de unos treinta y tantos años si le quedaba mucho con la máquina de aperturas.

—Termino ya, pero ya me la ha pedido otro chico.

—¡Vaya por Dios! ¡Hoy no es mi día!

— El chico está entrenando solo. Le podrías preguntar, lo mismo te deja entrenar con él  —contestó amablemente el hombre, a la vez que reanudaba su ejercicio.

Aguardé a que llegará mi “supuesto compañero” y cuando lo vi aparecer mi sorpresa no pudo ser mayor: era el chaval que me puso cachondo en la ducha. No sabía si dar saltos de alegría o pedir que la tierra me tragara. Vestido con unas ajustadas mallas y una camiseta de tirantas, que dejaba ver por su transversal todo su pectoral, se me antojaba follable al cien por cien. Al llegar a la máquina, el treintañero se dirigió a él y le dijo:

—Sergio, este hombre me ha pedido la máquina. ¿Te importa entrenar con él?

El jovencito me miró de arriba abajo, levantó el entrecejo con suspicacia y dijo:

—¿Por qué no? Hoy no estoy haciendo súper series.

A continuación, el muchacho colocó el tope a la altura  que consideró oportuno de las placas, se sentó en el asiento de cuero  y comenzó a ejercitar el pecho. Contemplé como su pectoral se hinchaba bajo la diminuta camiseta y algo parecido al deseo circuló por mi mente. No pude evitar fantasear con el momento de las duchas, imaginar cómo  se tocaba morbosamente el culo, un culo que suponía de lo más apetecible. Inconscientemente tuve una pequeña  erección.

Una vez terminó la serie del ejercicio, el muchacho comenzó a estirar el musculo y, al percatarse de que yo me disponía a “tirar” con el mismo  peso  que él, me dijo:

—¿Sabes que tiene cincuenta kilos?

—No —dije poniendo mi mejor cara de circunstancia —, ¿cuantos me aconsejas para calentar? ¡Hace cantidad de tiempo que no entreno!

—Para calentar, diez o quince y ya le vas metiendo lo que te pida el cuerpo. Por cierto, tu cara me suena. ¿Has venido por aquí antes?

—Sí, una vez hace un par de meses con un amigo…

—¡Ah!, ya me acuerdo… — en el rostro de Sergio se iluminó una sonrisa maliciosa, que me agradó y me crispó los nervios al mismo tiempo.

Analicé detenidamente al  muchacho,  parecía simpático y agradable. A pesar de  que su aspecto era un tributo narcisismo, que  cada musculo de su fisionomía tenía su tamaño adecuado, cada pelo de su cabello estaba rigurosamente puesto en su sitio y el aspecto descuidado de su barba respondía  a un riguroso mimo puesto en ella, el chaval no me parecía afeminado.  Un poco “divino de la muerte” sí que era,  pero su comportamiento era el de un tío normal y corriente, sin plumas, ni amaneramientos de ninguna clase.

En la tercera serie le metió unos cuantos kilos más (creo que ochenta) y me pidió que le ayudara a cerrar los brazos en elcontractor de pecho. Estaba claro  que era una enormidad de peso y  que  Sergio necesitaba mi ayuda realmente,  sin embargo, se dio las trazas para sutilmente rozar mi entrepierna con su rodilla. La reacción de mi cuerpo al leve contacto fue de lo más embarazosa: me empalmé como una mala bestia.

La situación era de lo más tensa, mi mente y mi cuerpo se plegaban al  deseo ante el  simple roce de su rodilla y, a escasos centímetros de mí, su pectoral se contraía y estiraba de un modo que me pareció hasta sensual. Un sudor frio resbaló por mi frente, al tiempo que una lujuria desmedida campaba a sus anchas sobre mí.

Estuve tentado de dejarlo continuar solo, pero inspeccioné con la mirada nuestro alrededor,   buscando a alguien que se hubiera percatado de lo ocurrido y no encontré a nadie, por lo que deje que el muchacho siguiera actuando a sus anchas. No sé si dominado por la calentura, o  por la inconsciencia.

Cada vez que  sus brazos se cerraban sobre su pecho, más procuraba acercar su rodilla a mi pelvis.  Si la situación era morbosa y caliente por sí sola, la sensación de peligro por ser descubierto la hacía  aún más excitante.

La siguiente serie fui comedido y solo añadí dos placas de diez kilos al peso que estaba moviendo en la máquina. Sergio se ofreció a ayudarme, pero como yo ya me veía venir el numerito, le dije que no hacía falta, dejándole claro con ello que no tenía ningún interés en rozar su polla.

Una vez fue su turno, subió el número de placas  a noventa kilos  y me  volvió a pedir ayuda, en esta ocasión yo ya sabía a lo que me atenía y, haciendo gala del  mismo disimulo que él, acerqué estratégicamente mi paquete para que el muchacho pudiera restregar gustosamente  su rodilla contra él.

El chico al comprobar la dureza de mi verga, se tomó un respiro del fatigado ejercicio y, dando  un nuevo sentido a la palabra atrevimiento, dijo:

—Colega, como  con este entrenamiento el pecho se te ponga igual de duro… ¡En un mes nos has echado la pata a todos los que estamos aquí!

—Es que tengo muy buen entrenador —dije picarescamente,  dejándole claro al chaval que tenía todo el “carrete” que él precisara.

—La verdad es que nadie se ha quejado, cuando he hecho de “personal training”.

Sonreí socarronamente y lo miré de pies a cabeza, a sus veinte y tantos años era  mucho menos pudoroso que yo a su edad. No sabía si el tío estaba fuera o dentro del armario y  si lo de aquel día conmigo fue algo extraordinario o era lo habitual en él. De lo que no había ninguna duda era que el joven culturista tenía ganas de polla y yo estaba dispuesto a dársela. Reflexioné  un segundo sobre mi siguiente  paso, no fuera a  meter la pata más de lo que lo había hecho  ya, al participar en la “fiesta” de mis compañeros de trabajo.

—Ese tipo de entrenamiento lo practicas aquí o en algún otro sitio —dije recalcando cada una de mis palabras para darle un mal intencionado doble sentido.

Sergio sacudió la cabeza, sonrió y tras guardar unos segundos de silencio dijo:

—Al final de la noche las duchas es buen sitio, pero es demasiado arriesgado.

Fue escuchar la palabra “arriesgado” y toda mi insensatez disfrazada de valentía se esfumó. Tuvo que ser muy evidente porque mi interlocutor, agachó la mirada y  se puso muy serio. Durante un breve instante pensó que lo había estropeado todo, pues el semblante del muchacho cambió por completo.

—Por eso fue por lo que la otra vez saliste huyendo…

Hice una mueca con los labios, para darle a entender que no me había  enterado de lo que me quería decir.

—¡Tío, tengo buena memoria! Te pusiste palote nada más verme —al decir esto bajó considerablemente el volumen de su tono de vez  —pero saliste huyendo como si tuviera la peste…

—¿Y?

—Pues eso tío, que te gusta el mamoneo pero no te pone hacerlo en sitios públicos como a mí…¡No sabes lo que te pierdes!

Aunque no acababa de entender muy bien el rollo que Sergio se traía entre manos, asentí con la cabeza.

—Si te apetece, cuando terminemos de entrenar vamos a tu casa y te sigo ayudando con el “entrenamiento”…

—No vivo solo —musité con la terrible  sensación de que mis palabras eran las más inadecuadas para el momento.

—Estás casado… ¡Lo sabía!  —refunfuñó contrariado.

—Algún problema.

—No, a mí me da igual si tú quieres comer con dos cucharas, ¡es  problema tuyo!  Es más, los casados me ponéis taco,  pero mi chico es de Barcelona y está en casa hasta el domingo…

—Pues si quieres nos vemos el lunes.

No sé porque  carajo dije aquello, era la primera vez que instaba a un desconocido  a quedar para practicar sexo, más las ganas de conocer lo que realmente sentía era superior a mis temores al ser descubierto. La temeridad de la que hice acopió al conversar con Sergio, fue secundada por él, quien apretando fuertemente su desnuda rodilla contra mi erguido  miembro, dijo:

—El lunes me parece muy buen día.

Sus palabras estaban cargadas de una sensualidad implícita, propiciando que el roce de su pierna con mi polla me pusiera al borde de ceder a mis instintos. De no haber estado rodeado de gente, me la habría sacado allí mismo y lo habría invitado a hacerme una mamada, pero como ni el lugar ni el momento eran los idóneos me tuve que  contentar con imaginar cómo sería dejar que sus labios envolvieran mi capullo.

—¿Dónde quedamos?

—Aquí en la puerta y después nos vamos para mi casa. No vaya a ser que te arrepientas y me dejes más colgao que una colilla —la voz del jovencito sonaba mal intencionada a más no poder.

—¿Y por qué iba a hacer eso?

—Porque en cuanto te lo pienses mejor, harás lo que  hacéis todos los casados…

—¿Qué es lo que hacemos todos, según tú? —pregunté irónicamente.

—Pues acobardarse y no presentarse.

—Yo no soy como los demás.

—Eso ya lo vi en la ducha, lo tuyo no es como lo de los demás —respondió  Sergio con bastante cachondeo.

Sonreí socarronamente ante el comentario del atractivo muchacho. De siempre había sido consciente de que el tamaño de mis atributos estaba por encima de la media, pero nunca había sido algo que me hubiera servido para ligar. De joven, con las féminas una buena polla  siempre había sido un añadido a la que unas le daban más importancia y otras menos. Es más alguna que otra, al ver con lo que me había bendecido la madre naturaleza, se negó en rotundo a hacerlo  y me miró como diciendo: “¡Eso se lo vas a meter a tu padre”.

Pues con los maricones era bien distinto, no era mi simpatía y mi don de gentes lo que los seducía, era mi falo de veintitrés centímetros lo que los atraía como moscas a la miel.

En el caso de Sergio, como el de Rodri, el tamaño parecía importar demasiado. Aunque no me molestaba  lo más mínimo (más bien me llenaba de orgullo) me sentía, parafraseando a Quevedo,  “como un hombre a una polla pegado”.

Tras quedar a las seis de la tarde el lunes, él prosiguió con su entrenamiento y yo continúe con el mío. Solo se acercó a mí para despedirse y recodarme nuestra cita.

¿Una cita con un tío? Las palabras resonaban en mi consciencia como el mayor de los delitos. Compartir mi cuerpo con otro hombre había pasado de ser algo impensable a algo habitual. Me repetía insistentemente a mí mismo que lo debía hacer para buscar respuesta a lo que sentía hacia Mariano, aunque para ello corriera el riesgo de encontrar la verdad. Una verdad que me costaría trabajo asimilar y, en la que Sergio sería un detonante clave.

El fin de semana, a pesar de no tener servicio, resultó  de lo más entretenido, pues estuve la mar de ocupado.  Para compensar a Elena por los “novillos” del día anterior, le dije que se tomara la tarde libre del sábado y fuera de compras o a tomar algo con alguna amiga, que yo me encargaría de las niñas y de mi madre.

Solo bastó un cuarto de hora a cargo de las tres “señoritas” para que comprendiera porque mi mujer no le hizo asco alguno a mi proposición, se arregló en un plis-plas  y, sin esperar a almorzar  siquiera, se marchó, argumentando que ya tomaría algo por ahí con su cuñada.

Alba y Carmen estaban la mar de traviesas y mi progenitora más tristona de lo normal, pues la pierna rota le dolía bastante. Por lo que tuve que mandar a las niñas a jugar a la habitación que le habíamos asignado en casa de mi madre.

Menos mal que, después de almorzar, la pastilla de ibuprofeno le hizo efecto a mi madre y se pegó una señora siesta. Pero que la buena mujer se durmiera no quería decir que en aquella casa hubiera paz, pues dos terremotos con forma de niña seguían haciendo de las suyas por la casa y no estaban dispuestas a dejar que yo tuviera ni un momento de descanso.

No había terminado aún de tomarme el café de la sobremesa, cuando sentí que se acercaban el sillón en el cual estaba sentado, me rodearon  y  a su modo me acorralaron. Presentí que algo les rondaba la cabeza.

—Papá, ¿nosotros porque no tenemos un hermanito?

La pregunta de Alba me descolocó por completo, miré a Carmen en busca de alguna explicación, pero esta como siempre  ponía cara de póker y se limitaba a seguir el son de la batuta de su hermana menor. Como no supe que decir, mi hija pequeña prosiguió atosigándome en pos de una respuesta.

—¡Es que  mi amiguita Esther va a tener un hermanito! ¡Y Carmen  y yo queremos otro!

¿Cómo se le explica a una niña de seis años que sus padres no “jugaban a hacer niños” todo lo que debieran y que  siempre que lo hacían tomaban precauciones, para no traer una boca más que alimentar? Los rollos patateros de las cigüeñas y los niños de Paris que me contaban de pequeño, no me parecían convenientes  y tenía mis serias sospechas sobre que unas niñas del siglo veintiuno se lo fueran a tragar. Me quedé pensativo un rato, viéndome en la obligación de  contar algo coherente y que no fuera demasiado revelador.

—¡Papá venga no te duermas! —dijo impaciente  Alba zarandeándome el brazo.

—¿De verdad queréis un hermano para tener que compartir los regalos de navidad y de cumpleaños?

Mi hija pequeña miró taciturna  a su hermana, al ver que ella permanecía impasible ante mi pregunta, volvió a agarrar mi brazo y dijo:

—¡Eso es mentira! ¡Mi hermana tiene su cumpleaños y yo el mío!

La aplastante lógica de mi niñita me dejó sin argumentos y como no tenía yo la cabeza para muchas lucubraciones, opté por adivinar a que  venía todo aquello.

—¿ Por qué estas repentinas ganas de tener “un hermanito”? No me digáis que es porque Esther va a tener uno, porque no me lo creo.

Pese a que la psicología infantil no es uno de mis fuertes, tuve la sensación de que había tocado en hueso con mi pregunta y las dos personitas que tenía delante de mí se miraron con cara de “mejor cuéntaselo tú”. Como era habitual, fue Alba la que se puso el mundo por montera y enfrentó mi pregunta.

—Es que queríamos saber si era verdad lo que Esther me ha contado…—aunque habló de corrido, la voz de mi hija pequeña no tenía la firmeza de otras veces.

—¿Qué te ha contado tu amiguita?

—…su mamá está muy gorda, como se ponen las mujeres para tener un bebé —al decir esto último hizo una inflexión explicativa al hablar y se echó las manos a la tripa —, dice que su hermanito le pega patadas y no la deja dormir por las noches…

Al parlotear, los ojos de Alba chispeaban vida  y en sus labios se pintaba una alegría que llenaba de  plena satisfacción su infantil e inteligente rostro.

—…mi amiguita le preguntó a su madre que como había entrado en  su barriga un niño capaz de pegar pataditas y su mamá le dijo que por el ombligo—hizo una pausa al hablar y mirando a su hermana mayor de reojo dijo —.Carmen se lo ha creído, pero yo no. ¡Por un ombligo es imposible que entre un niño por muy pequeñito que sea!

Tragué saliva suavemente y busqué en mi cabeza las palabras adecuadas, no quería destrozar los cuentos de hadas que pudieran crecer en la imaginación de mis hijas, ni  tampoco las quería desinformar como en su momento hicieron los padres de mi generación. Las abrace a ambas por la cintura e inclinándome sobre ellas les dije:

—Bueno, bueno, señoritas… Por lo que escucho no es tanta las ganas de tener un hermanito que tenéis, como  de saber cómo y dónde se hacen los niños.

Carmen y Alba asintieron al unísono.

—¿Vosotras sabéis porque la gente se casan?

—Para tener una casa grande, un coche  y niños —dijo contundentemente Alba.

Paseé mi mirada por el rostro de Carmen en busca de una respuesta, y ella me respondió como si se avergonzara de lo que iba a decir.

—Porque están enamorados.

—Eso es, Carmen. Los hombres y las mujeres se casan porque están enamorados…

—¿Qué es estar enamorado?

—Es querer a alguien mucho, Alba.

—Pues entonces yo estoy enamorada de ti —dijo acariciando mi barbilla.

—No, Alba —escuchar a mi pequeña decirme que me quería mucho dibujó en mi rostro una sonrisa bobalicona —Es otra forma de querer…Es cuando sientes cosquillas en la barriga cuando estas con esa persona, cuando se te hacen las horas eternas cuando no estás con ella y cuando la ves no te cansas de darle muchos besitos…

—¿En los labios? —las palabras de Alba estaban desnudas de pudor, por lo que no pude evitar sonreír ante su ocurrencia.

—Sí, y cuando están muy, muy  enamorados, hacen el amor…—hice una breve pausa esperando que uno de los diablillos que tenía ante mí me interrumpiera, en este caso fue Carmen que tímidamente me pregunto.

—¿Eso es lo que hacen los actores en la tele?

No sé cómo había llegado a aquella conclusión, la verdad es que  los niños son unas enormes esponjas que absorben toda la información que les llega y de la manera más particular.

—Sí, pero los actores lo hacen de mentirijilla, los papás y las mamás se quieren de verdad —con la plena atención de mis dos niñitas, proseguí con mi versión de “donde vienen los niños” — Pues algunas veces los papás y las mamás se quieren tanto que dentro de las mamás se queda una especie de huevecito…

—¿Y dónde se deja el huevecito?

Miré fijamente a la preguntona de Alba y de reojo a Carmen, ambas estaban expectantes ante lo que les pudiera decir:

—En el “tete” —mi respuesta era poco ortodoxa, pero la prefería a cualquier zarandaja convencional.

Mi hija pequeña tras hacer un gesto de complacencia, volvió la mirada hacia su hermana y poniendo su mejor cara de resabida le dijo:

—¿Ves? Un niño aunque sea tamaño huevecito no se puede meter por el ombligo…

Carmen se quedó cabizbaja, como si el mundo se le hubiera caído encima, inconscientemente llevo la mano a su pelvis  y puso cara de fastidio. La cogí de las manos y sonriendo le pregunte:

—¿Qué te ocurre, corasón?

—¿De ahí pasa a la tripa…?

—Sí, una vez allí el huevecito se alimenta de lo que come la madre y se va haciendo grande.

—Por eso le dicen a las mujeres embarazadas que tienen que comer por dos.

Con aquella deducción, mi hija mayor me  volvió a dejar  claro que aunque pareciera estar a lo suyo y no prestar atención a nada, no se le escapaba ni una. A diferencia de su hermana, casi nunca habla demasiado, pero cuando lo hace siempre me da bastante que pensar. Antes de que pudiera responder, Alba nos interrumpió de manera histriónica.

—¿Si comen de su mamá porque les pegan pataditas?

—No son pataditas, es que el bebé se mueve como tú y como yo. ¿Tú podrías estar todo el día quieta?

Alba hizo una mueca con los labios y, sin pensárselo,  movió la cabeza en señal de negación diciendo:

—¡No moverse en todo el día! ¡Eso es imposibilizimo! ¡Nadie en el mundo podría estarse quieto todo un día!

—Pues para los bebés también es imposible estarse quieto y cuando se mueven mucho, a las mamás les molesta.

—¿Y cuánto tiempo están en la tripita de su mamá?

—Nueve meses.

—¡Qué de tiempo! —dijo Alba girándose hacia su hermana y echándose las manos a la cabeza.

Carmen se quedó muy sería y al comprobar que mi hija pequeña no me preguntaba nada, hizo un pequeño mohín, agachó la cabeza y con una voz vacilante me preguntó:

—¿Y por donde salen, Papa?

—Pues por donde mismo han entrado.

La reacción en las dos niñas ante mis palabras fue pasando del asombro a la animadversión, se miraron entre ellas y haciendo muecas de desaire  dijeron casi al unísono:

—¡Puaff, que asco!

—Yo no pienso tener un niño jamás, porque ni me pienso enamorar, ni dar besos en la boca, ni nada de esas cosas raras que hacen los mayores —sentenció Alba, volcando toda su atención en su hermana.

—Yo tampoco hermanita —dijo Carmen cogiendo a su hermana de la mano, al tiempo que se alejaban de mí.

Tras comprobar que se habían ido a su habitación a jugar  con la PSP, volví al cuarto de estar, donde mi madre seguía durmiendo plácidamente.

A pesar del ajetreo de la tarde, la conversación con mis niñas me había proporcionado una alegría indescriptible, la verdad es que en los ratillos que estoy con ellas, todo lo demás pierde sentido, pero si algo tiene la felicidad es que es como una especie de puzle del que siempre nos faltan piezas para completarlo.

He de admitir que soy muy feliz en el rol de padre, tengo dos hijas que son un encanto. De no ser por ellas, ya habría mandado a Elena a cernir gárgaras hace tiempo. No es que sea mala mujer ni nada, pero su frialdad ante el sexo ha hecho que nos distanciemos. Aunque la quiero como mi esposa que es, hace tiempo que la pasión y el deseo dejaron de estar de nuestro lado. Sin la complicidad de los momentos de alcoba, nuestras rutinas se han vuelto tediosas y sin ningún condimento, salvo nuestra complicidad para sacar a nuestras dos granujillas adelante.

Hoy por hoy, por quien siento cosquillas en la barriga, con quien se me hacen las horas eternas si no está a mi lado y estoy deseando compartir mi cuerpo con él, es Mariano. Aceptar que puedo amar un hombre igual que antes lo hice con una mujer, me costó un mundo. Hubo etapas difíciles, en las que las dudas se cebaron en mí de mala manera y  aquella quincena de julio en casa  de mi madre, fue de las peores.

Como si únicamente hubiera un mal sueño, mi subconsciente había reseteado la tarde con Rodri y mis compañeros de trabajo, en aquel momento solo podía pensar en mi cita con Sergio, el chico del gimnasio, aunque había dado carta blanca a mi amigo para que se acostara con quien se terciara y yo había hecho otro tanto (de hecho él sabía que había estado en un puticlub), no podía evitar sentirme la peor persona del mundo por desear a otro hombre que no fuera mi amado Mariano.

La desfachatez  y desparpajo del muchacho me ponía enormemente. El tío parecía no hacerle ascos a nada y,  a diferencia de la “putita” de Israel (con quien tuve todo el tiempo la sensación de estar follándome un trozo de carne inerte), el chaval del gymparecía simpático y podría tener la clave para aclararme si de verdad me estaba enamorando de Mariano o estaba confundiendo el sexo con el amor.

Fue pensar en el escultural cuerpo y  en el redondo culo del chaval, y no pude evitar tener una erección. De no haber tenido que vigilar a las niñas y cuidar de mi madre, me habría metido en el baño para hacerme un buen pajote.

Elena volvió más tarde de lo esperado, ya habíamos cenado todos e incluso había bañado a las niñas, que aunque no estaban dormidas, agotaban los últimos minutos del día jugando a colorear en su cuarto.

—Perdona, pero al final me pasé por la parroquia y los compañeros tenían un montón de cosas que contarme —soltó el bolso sobre el sofá y llevándose la mano a la pantorrilla haciendo un gesto de fastidio dijo —¡Estos zapatos me van a matar! Por cierto, todos los compañeros me han preguntado por tu madre y me han dado muchos recuerdos para ti.

La miré, parecía feliz. A pesar de lo distanciado que estábamos, nunca le he deseado ningún mal. Verla con esa alegría en los ojos me complacía, durante mucho tiempo amé a aquella mujer como no había querido a nadie en mi vida. Más mis necesidades carnales y sus obligaciones espirituales eran irreconciliables. Circunstancias que me empujaron con  el tiempo a buscar el amor en quien me lo daba sin reservas: Mariano, mi mejor amigo.

—No te he preparado nada de comer, pues no sabrías si ibas a venir a cenar y el móvil me daba que estaba apagado.

—Es lo primero que nos pide el párroco cuando entramos en la iglesia. ¡No veas lo cansino que está con el tema!

—¿Quieres que te prepare algo?

—¡No te preocupes!, ya lo hago yo. ¡Dúchate que ya me quedo yo a cargo de todo!

Fue desnudarme para meterme en la ducha y me volvió a asaltar el recuerdo de la doble penetración a Rodri, instintivamente me llevé la mano al paquete y este había comenzado a cobrar vida. Me apreté los huevos suavemente y restregué mi pene por mi escroto.

Abrí el grifo del agua y dejé que el agua resbalará por mi cuerpo, enjaboné mi pecho e instintivamente me acaricié el vello de alrededor de la aureola de una tetilla. Jugueteé con ella levemente y esta se endureció al tacto.

Me acaricié la barriga, extendiendo la espuma desde mi pecho hasta mi cintura, al reparar que tenía el cipote mirando al techo, deslicé el dorso de mi mano por su parte superior y este respondió vibrante de vida.

Me convertí en un niño que descubría algo nuevo y  me volví a tocar los pezones, en  aquella ocasión apreté entre mi dedos ambos a la vez de un modo que rozó lo doloroso. Unos segundos más tarde, llenaba de espuma mi bolsa testicular y lubriqué el tronco de mi polla con ella.

Mi mente se llenó de las fantasías más pecaminosas, imaginé que penetraba a Rodrí con la porra reglamentaria, recreé en mi mente de nuevo la doble penetración, volví a recordar como Sergio me enseñaba su redondo y perfecto ano… Agarré fuertemente mi verga y comencé a pasar la mano a lo largo de ella, mientras dejaba que las ensoñaciones lujuriosas gobernaran mis sentidos. Cuanta más presión inculcaba a mi mano, más real me parecía la mamada que me estaba realizando el chaval del gimnasio. Cuanto más me dejaba llevar más cierta me parecía la sensación de ensartar su ano.

Follar con Sergio se me antojaba morboso a más no poder. Tan desvergonzado, tan desinhibido… Tener sexo con él se me figuraba de lo más atrayente. Apreté fuertemente la columna  de mi polla y una abundante gota de líquido pre seminal rebozó sobre el dorso de mis dedos, golosamente lleve el transparente líquido a mi boca y, mientras lo saboreaba, relamí mis labios.

Como el que no quiere la cosa me llevé una mano al trasero y lo acaricié como si fuera el de Sergio. Apreté fuertemente mis nalgas, deslicé el dorso de mi mano a través de la peluda raja de mis glúteos y  un desorbitado placer me invadió.  Preso de la lujuria, empapé un dedo en gel de baño, me lo lleve al ano y comencé a hacer círculos en él. Sentí que mi orificio emanaba calor, proseguí dando vueltas con la yema de mi dedos sobre él  y, una vez consideré que estaba lo suficiente relajado, lo introduje poco a poco.

Una punzada mezcla de dolor y satisfacción recorrió todo mi ser. Sin dejar de masturbarme, comencé a meter y sacar el dedo del estrecho agujero. Sentí como se me nublaba el entendimiento y mis sentidos sucumbían a una incontrolada pasión. Nunca antes había sentido nada igual y, por terrible que me pareciera, me estaba agradando una bestialidad.

Imaginando la  fantasía sexual de penetrar a Sergio de todas las maneras posibles y de los modos más obscenos, mi cuerpo se rindió al orgasmo.  Tras unos descompasados espasmos, mi glande expulso un geiser de esperma, que se mezcló con el agua de la ducha, para terminar desapareciendo en un pequeño torbellino que moría en el desagüe.

De vuelta a la realidad, mi consciencia me volvió a golpear de lleno. Me sentí sucio, la peor persona del mundo… El sexo con hombres había conquistado mis instintos y se estaba convirtiendo en una especie de obsesión. Me decía a mí mismo que era para descubrir si realmente estaba enamorado de mi amigo, pero la realidad era que las perversiones me atraían más de lo que me gustaba admitir y yo me estaba dejando atrapar, pues no hacía nada para impedirlo.

Al secarme, no puede evitar pensar en Mariano, en la poca suerte que había tenido en sus relaciones amorosas, en lo destrozado que quedo tras su relación con Enrique (de la que creo que no se ha recuperado aún)…Lo sentí tan cerca, tan noble  y  tan desvalido que no pude reprimir preguntarme: ¿Se merece la persona en la que me estoy convirtiendo su cariño?

Continuara en: “Dios odia a los cobardes”.

 

 

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En mi entorno las sombras de los árboles se culminaban borrosas… me encontraba en un lugar ajeno a la realidad, un Déjà vu se vuelve eco donde desde el lejano viento una palabra susurrada aparece y se repite de forma melodiosa.

Desorientado busco el rumbo místico de donde es procedente esa voz, una voz tan hipnotizante… tan inquietante que al escucharse es capaz de estremecer todo a su alrededor “TE AMO”.

IF YOUR HEART FEELS COLD… I’ll BE YOUR SHELTER… YOUR ILLUSION… INTIL NO LONGER.

BREATHER I’M GOING TO LOVE (GRUPO ENCY)

- ¡¡¡JODER!!! Nada más a mí se me ocurre poner una alarma a mi celular estando de vacaciones.

Me desperté con lagañas en mis ojos, desganado en mí vagues diligente…

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29 octubre, 2014
-Jupi, me voy a acostar, no tardes. – Sonrió Tupami y se marchó. Y Júpiter, que había estado casado dos veces anteriormente, supo qué quería decir ella. El “me voy a acostar, no tardes”, no era tanto una invitación clara como una declaración de guerra directa, y eso Jupi lo sabía. Igual que sabía que tenía que ir, pero que no podía ir, porque realmente, Tupami no era su mujer, aunque eso ni siquiera ella misma lo sabía.
   Jupi ya llevaba varios días sospechando que Tupami se le iba a lanzar. Días en los que ella le miraba mucho, le sonreía más, y cuando se sentaba a su lado en la cena, no se limitaba a sentarse junto a él, sino pegada a él. A Júpiter le parecía mal quitarse, y, qué cuernos, a él le gustaba. Esa misma noche, la mujer había hecho que la pequeña PumpkinPie (“mamá dice que significa “pastel de calabaza””-le dijo la niña cuando se la presentó), la hijita de ella, cenase pronto y se acostase temprano; según dijo, porque había tenido un día de mucho ajetreo y le convenía descansar. Y ahora, le venía con el “me voy a acostar, no tardes”. Júpiter había permanecido pasivo durante los casi dos meses que venía durando ya su falso matrimonio; podía haberse hecho el arisco, sí, pero,… Sonó el intercomunicador y lo aceptó.
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Como te llamas?

Daniell..

Daniell que?

Santini.

Y que se supone que quieres?

Nada solo avertirles..

Jaja que cosa? Viene otro a querer fregar?

Si señorita. Amm quieren herirlas y ocupar su casa, que es el centro de la magia.

A ver.. y porq se supone que debo creerte daniell?

Porque soy la única que te esta diciendo la verdad.

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22 octubre, 2014

No es el primer relato que escribo, pero sí el primero que no sea queda en fantasía…

Desde chica, he sentido una atracción muy grande hacia los temas que tienen algo que ver con sexo, yo sé que es más que curiosidad pero pienso que es bueno saber, quizá es sólo perversión pero nunca me habría imaginado que fuera tan bueno.

Queriéndome introducir un poco mas al mundo del sexo, creí que no sería malo crear una cuenta en una página porno. Comencé a tomarme fotos, unas sin playera, que dejaran ver mis no tan grandes pero buenos pechos, otras sólo en ropa interior mostrando mis piernas, pero no había pensado en presumir mi trasero. Con dos días, tenía varias solicitudes, de hombres jóvenes, de otros más experimentados, hasta de chicas! La verdad, me sorprendí al ver que de alguna forma había llamado la atención entonces me puse a contestar algunos de los comentarios que me habían dejado: “Hola, bienvenida al sitio”, “Hola chica”, “Pásame tu Whats”. Entre estos, admito que hubo quienes sí me llamaron la atención, así que comencé a charlar con ellos, sin embargo, hubo uno que raramente logró subir un poco más de nivel.

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