Relatos Porno

Engañé a mis papás diciéndoles que el fin de semana no marcharía con ellos a nuestro apartamento en el Valle de Arán, porque me iría con Marta, mi compañera de clase del colegio de secundaria, a celebrar el aniversario de una prima suya con una fiesta en la casa de ésta, y después nos quedaríamos a dormir allí mismo. De esta forma mis padres se fueron y me quedé sola en la ciudad hasta que volviesen el domingo por la tarde. Marta también estaba sola en su casa, sus papis se habían ido a pasar unos días a una estación termal de Andorra, en los Pirineos, pero ella no necesitaba engañarles, a sus papás no les importaba que se quedase sola en casa si no quería salir el fin de semana con ellos.

Las dos estábamos preparadas para lo que llevábamos tiempo pensando hacer, salir de marcha por la noche a los bares y locales del barrio antiguo cercano al puerto de Barcelona, lugar que nos excitaba por las múltiples leyendas que habíamos escuchado y leído sobre sus noches, y que incluso habíamos recorrido paseando de día para conocer sus calles y ver algunos de los sitios de los que hablaban los chicos del colegio como si fuesen el jardín de las mil delicias y pecados soñados. Incluso Marta consiguió que una prima suya enfermera le trajese unas cajas con pastillas de levonorgestrel, para evitar quedarnos preñadas si finalmente follábamos con alguien. La verdad es que las dos teníamos y seguimos teniendo una gran fama de buenas chicas y de pijas puritanas que no dejamos que los chavales nos metan mano ni nos besen en la discoteca, pero la verdad era que cuando estábamos solas mirábamos juntas películas porno en internet, nos poníamos a mil, incluso nos tocábamos la una a la otra mirando la pantalla  y estábamos como locas para conocer en la realidad todo aquello que veíamos en los vídeos que hacían con chavalas como nosotras unos tios mayores, blancos o negros,  impresionantes al verlos desnudos con unas pollas enormes que metían completamente en el vientre de las chicas.

Éste es el relato de todo lo que nos sucedió aquella misma noche. Obviamente, encontramos enseguida lo que, de forma consciente o no,  íbamos buscando en aquella nuestra primera y excitante noche de aventura en el corazón de la vida nocturna más dura de la ciudad. Queríamos jugar con el sexo y el sexo jugó con nosotras. Pero estuvo bueno, eso sí…

 

Barrio Antiguo de Barcelona, viernes, 10 de la noche

 

Fuimos de nuestras casas situadas en la zona alta de la ciudad muy cerquita del estadio del FC Barcelona hacia el centro de la ciudad en el metro, estación de Liceo. Pensábamos volver en taxi, llevábamos dinero. Caminamos un poco por las Ramblas en dirección al puerto de Barcelona, hasta que finalmente nos metimos en las calles del barrio antiguo que ya conocíamos de nuestras exploraciones a pleno día. Había mucha gente en todas partes, hombres y mujeres, chicos y chicas, de todas razas y edades, de aspecto muy diferente a la gente elegante de nuestros barrios. Al final intentamos entrar en uno de los principales locales de la zona antigua. Había una gran cola y aglomeración en la puerta, era una noche en  que era imposible entrar, y  ni lo intentamos, empezamos a caminar a ver si encontrábamos otro local con menos gente. Entonces se nos acercaron dos hombres negros enormes de aspecto muy impresionante que estaban apoyados en la pared del local mirándonos. Iban vestidos con tejanos claveteados, camisetas negras y botas.

-Eh, babys, ¿Donde ir vosotras? ¿No entrar aquí, nenas? -nos dijo, con acento africano el más alto y fuerte, un hombre bastante mayor pero atlético y musculoso, de unos cincuenta años, con los tejanos apretados, una camiseta negra sin mangas, unos bíceps enormes completamente tatuados, unas muñequeras de cuero negro, un pendiente en la oreja izquierda y un cráneo completamente rapado al cero. A su lado, el otro negro, algo más bajo y con una barriga claramente marcada, vestía igualmente tejanos y una camiseta con dibujos de un grupo musical. Llevaba barba de unos días, y unos cabellos largos algo canosos  recogidos en la nuca con una coleta.

Los dos impresionaban, tenían todo el aspecto de ser tipos muy peligrosos, pero nosotras no nos sentíamos intimidadas por nada. Íbamos de marcha a pasarlo bien y a tener una aventura con tíos.  Le susurré al oído a Marta:

-Mira, dos machotes que ya  se creen que se van a ligar dos nenas perdidas en el barrio…

Yo miré fijamente al negro que había hablado y le contesté:

-Es imposible entrar aquí, ya se ve, está muy lleno, buscaremos otro lugar.

-¿Vosotras querer entrar aquí, bonitas? –volvió a decir el hombre de cráneo pelado.

-Queríamos, pero no se puede, ya ves la cola para entrar.- contesté, tuteándole como él a nosotras

-Bueno, nenas, nosotros arreglar si vosotras querer. Nosotros ser amigos de  amos de la casa y   entrar por  puerta pequeña. Si venir con nosotros vosotras  entrar dentro, ahora  no problema,  preciosas.

Marta y yo nos consultamos con la mirada. Bueno, sería chulo saltarse toda la cola entrando con aquellos negros y, además recordamos que habíamos no tener miedo a nada de aquel barrio y ser atrevidas. O sea, que aceptamos. Les hicimos un signo de asentimiento a los dos hombres.

-OK, babys, venir. – nos dijo el  negro de los brazos tatuados.

Me miró sonriente, y me tomó de la mano, llevándome hacia una pequeña puerta que había justo al doblar la calle. El otro hombre, el de barriga y pelo recogido en coleta, se llevó a Marta, como si ya se hubieran emparejado de forma rápida cada uno con una de nosotras. Evidentemente, el de cabeza rapada me había elegido a mi, lo que no me extrañó, soy la más guapa de mi grupo de amigas, los chicos del colegio dicen que estoy buenísima y sus padres –incluso el de Marta- a veces no dejan de mirarme disimuladamente, aunque yo me doy cuenta y me divierte verles con los ojos clavados en mis muslos.

Entramos, y enseguida estuvimos en la pista principal de la discoteca. Era alucinante. Estaba todo oscuro, porque en una especie de pasarela central elevada bailaban unas chicas blancas y unos chicos negros, ellas y ellos sólo en tanga, iluminados por unas luces centelleantes de color azulado,  mientras una serie de haces de rayos láser iban de una parte a otra de la sala. La música estaba a tope, ensordecía, y había muchísimas parejas bailando de un lugar a otro de la pista. Los dos negros bailaban muy bien y después, sonriendo, nos hicieron salir de la pista y nos llevaron hacia una especie de apartado en el que había una barra de bar y, aunque se dominaba toda la zona de baile, la intensidad de la música era menor y permitía hablar. Pronto tuvimos en la mano un vaso largo con unas frutas y un líquido de color verde transparente que parecía brillar reflejando las luces que se cruzaban. Era una bebida casi fosforescente que resultó deliciosa aunque bastante fuerte. Parecía llevar bastante menta.

-Brindar con  cóctel especial, babys –dijo, levantando el vaso, el gigante de los tatuajes que estaba a mi lado. Mientras bebíamos los cuatro, noté por primera vez la mano del hombre depositarse en mi cintura. Me estremecí, pero aguanté, no pensaba ser ahora una colegiala inocente temerosa de cualquier macho atraído por mi cuerpo, precisamente Marta y yo hemos venido a todo lo contrario. Ya sé, como he explicado antes,  las sensaciones que despierto en los hombres, en el colegio lo he aprendido muy bien. No les tengo  ningún miedo, me encanta saber lo que hay detrás de su mirada cuando se cruzan mis ojos con los suyos: hacer conmigo lo mismo que hacen los tíos de los videos porno con las chavalas que salen en ellos. Y este hombre no dejaba de mirarme, yo llevaba unos pantaloncitos muy cortos, con todos los muslos al aire, una camiseta azul celeste justo por encima del ombligo que me sienta muy bien y unas botitas marrones hasta un poco más arriba de los tobillos. Marta iba más o menos igual, unos pantaloncitos igual de mínimos que los míos, una camiseta blanca con un dibujo dorado y unas sandalias de tiras de cuero al estilo romano. Yo llevaba el pelo suelto y liso hasta media espalda y Marta lo había recogido en una especie de moño por encima de su cabeza.

Bebimos, y estuvimos un rato hablando. Así supimos que el hombre de aspecto tan duro que espontáneamente se había emparejado conmigo, es un senegalés que lleva unos diez años viviendo en Barcelona. No me quiso decir su edad y sonrió cuando yo le dije la mía. Tampoco me dijo su nombre real completo, sólo que su nombre de pila es Walter pero que todo el mundo le conoce como “Kenwotu”, que, según él, es un alacrán africano muy peligroso, “igual que yo”, añadió riendo mientras me miraba cada vez con más descaro. El otro negro, su amigo de barriga destacada y pelo recogido en coleta en la nuca, tampoco nos dijo su edad, pero supimos que es congoleño, que su nombre de pila es  Tsemyewe pero todo el mundo le llama  “Pangwo” que es una especie de pez carnívoro. Aunque teóricamente allí dentro está prohibido, todo el mundo fumaba, y Kenwotu encendió un cigarrillo y me tiró provocadoramente el  humo a la cara. Yo resistí y le aguanté la mirada. Y le oí decir, con voz insinuante:

-Mirar, babys, aquí haber mucho ruido y gente, esto ser mucho rollo. Tener amiga que dar ahora  fiesta  alucinante  en su club, muy cerca  aquí. Ser  más divertido y pasarlo vosotras de  puta madre. Va, marchar ahora los cuatro. ¿Querer, sí, nenas? ¿OK?

Marta me miró interrogante dudosa. Pangwo le estaba acariciando el hombro. Yo dudé un momento, no sabía dónde nos iban a llevar y acabábamos de conocer a los dos negros, pero recordé que habíamos decidido divertirnos a tope, y no me iba a acobardar en la primera aventura que nos salía. Así que miré a Marta, hice un encogimiento de hombros despreocupado, y le contesté a Kenwotu:

-Bueno, OK, tío ¿Porqué no? Vamos, va.

-Perfecto, baby, así gustarme nenas, que no cortarse por nada. OK, ir ahora, go!. –dijo  Kenwotu

Salimos del local. Algunos tíos nos miraban a nosotras y después con una clara expresión de envidia a nuestros acompañantes.  Caminamos por las estrechas calles del barrio antiguo y enseguida, pocos minutos después,  llegamos a un edificio viejo. En la planta baja, unas luces tenues de neón rojo y verde iluminaban lo que parecía ser la puerta de entrada a un club. El local, visto desde fuera, tiene una planta baja y cuatro pisos de altura, pero sin ninguna obertura directa al exterior en aquel momento, con todas las  ventanas cegadas por persianas. En la puerta, enfocada por dos cámaras laterales de video,  un letrero de luz violeta decía “Club RDVFK”.  Al acercarnos, sin haber llamado, la puerta se abrió y un empleado de aspecto  asiaático acompañado de un vigilante de seguridad negro de aspecto muy intimidante se nos acercó. Reconoció enseguida a Kenwotu y a Pangwo, y, mirándonos también a nosotras de forma inescrutable  dijo:

-Bienvenidos al  RDVFK,  pasen y diviértanse.  Los caballeros ya conocen las costumbres del local, por supuesto.

El empleado abrió una segunda puerta, entramos y, de golpe, nos vimos dentro de un mundo indescriptible. Era parecido a la discoteca en la que habíamos estado antes,  pero de mucho menos tamaño y con un ambiente que superaba toda nuestra imaginación. Oscuridad general con relámpagos psicodélicos, luces rojas, azules, verdes, violetas, moviéndose por la pista y las zonas de mesas y sillones, música de orquesta, hombres, mujeres, chicos, chicas, de todas las razas y edades bailando o hablando con muy poca ropa o incluso desnudos del todo. A  Marta y a mi nos parecía estar soñando, dentro de una alucinación, nos pareció ver en un sillón un viejo muy blanco, casi albino,  desnudo follando abrazado a una chica negra muy guapa de más o menos nuestra edad que estaba sentada a horcajadas encima de él, en la barra había dos chicos besándose. Pero no era una alucinación, todo era real, y se acercó  Pangwo con cuatro vasos largos en la mano, ahora la bebida era de color rojo con cubitos de hielo y frutas en su interior, era algo amarga y mucho más fuerte que el cóctel verde anterior pero muy buena y fresquita, pasaba por la boca como si fuera agua. Kenwotu me llevaba por el local  agarrada por la cintura, igual que  Pangwo a Marta. Un empleado se acercó a recoger los vasos ya vacíos al tiempo que le daba a Kenwotu una bolsa de plástico con algunas cosas en su interior que no pude ver.

Al final llegamos a un rincón en el que una escalera parecía llevar al piso superior. Había una pequeña barra de bar atendida por una espectacular chica rubia de aspecto nórdico o ruso en tanga, con unas flores fosforescentes tatuadas o pintadas por todo el cuerpo, que sonrió al ver a nuestros acompañantes y nos dirigió una furtiva mirada pícara a nosotras.

-Deseáis ir arriba, como siempre, imagino. –dijo la muchacha, con acento extranjero.

-Sí, baby, -contestó  Kenwotu-, estar guapísima hoy, si no venir con estas amigas –nos señaló a nosotras- ya saber, tu venir con nosotros otra vez arriba…

La muchacha del tanga volvió a sonreír mientras  Kenwotu y  Pangwo la besaban en los labios y le tocaban las tetas.

-Aquí tenéis  la llave de la 11 y la 12 del primer piso, son de las que se comunican por una puerta interior, ya las conocéis…

Kenwotu tomó la llave y vi que le dio un billete de veinte euros a la chica, que se lo guardó con cara agradecida. Imaginé que era una especie de propina para ella,

-Ya sabéis, si necesitáis algo, llamar al pulsador y acudirá una camarera.

-Tranquila, baby – le dijo Kenwotu – ya saber, guapa.

Y los dos negros nos hicieron empezar a subir la escalera hacia el -para nosotras- inquietante y enigmático primer piso. Junto a la escalera dos puertas indicaban la existencia de unos lavabos y duchas.  Había luego un largo pasillo iluminado tan solo por unos neones verdes. Parecía ser la zona de despachos y oficinas de la antigua empresa que ocupaba aquel edificio muchos años atrás. Pangwo introdujo una llave en la puerta 11 y entramos. Encendieron la luz, eran también unos neones mortecinos, pero estos de color rojo. Si, era evidentemente un antiguo pequeño despacho habilitado como muy sencilla habitación. Una cama, una mesilla de noche, dos sillas, un colgador para poner la ropa. Una ventana con la persiana completamente cerrada. Kenwotu abrió la puerta que comunicaba la habitación con la contigua, la 12, y la dejó abierta. Miré la habitación 12, era exactamente igual que la 11. En las dos había una extraña fragancia, cómo si las hubiesen perfumado con un intenso aroma a bosque o a flores que te hacía sentir como en una especie de nube flotante.

Nos sentamos en la 11, Marta y  Pangwo en las dos sillas,  Kenwotu y yo en el borde de la cama. Hablamos un largo rato, pero en realidad no recuerdo bien la conversación, creo que sobre todo explicamos cosas de nosotras y del colegio. Kenwotu me miraba sonriendo, parecía que le gustaba que yo hablase.  Marta explicó también cosas suyas. Eso sí, me parece que ellos nos hacían hablar a nosotras, pero no explicaban nada de  su vida o trabajo. Tocaron un botón de la pared y se empezó a oír muy suavemente una música cálida y tranquila de tipo africano.  Kenwotu encendió dos cigarrillos y me dio uno a mí. Yo había fumado muy poquitas veces, pero me di cuenta de que tenía que hacer lo mismo que él, y le fui dando caladas al cigarrillo, que tenía un sabor y olor tan intenso y diferente del tabaco habitual que fumaban amigos y amigas de mis padres que me hizo toser un par de veces al tragarme el humo. Pangwo había hecho lo mismo, y él y Marta también fumaban mientras hablábamos.

No sé ahora cuanto tiempo pasó, pero recuerdo que Pangwo tomó algo de la bolsa de plástico que Kenwotu había dejado sobre la cama y se llevó a Marta hacia la otra habitación. La miré, ella me sonrió con la mirada un poco perdida al marchar y la vi desaparecer en la estancia contigua con Pangwo, que entornó la puerta de comunicación sin llegar a cerrarla del todo. Entonces me di cuenta de que Kenwotu se había puesto en pie y se estaba quitando la camiseta. Vi que el tatuaje del brazo se extendía a gran parte del pecho. Me acerqué a él, me sorprendí por mi atrevimiento acariciando con mis dedos el dibujo de la piel del hombre. Kenwotu me acarició la cara y bajó las manos por mis cabellos hasta la espalda, me acarició la cintura y subió las manos levantándome la camiseta para sacármela. Yo puse mis brazos hacia arriba mientras la camiseta abandonaba mi cuerpo, y mis tetas quedaban al descubierto, porque no utilizo sostenes. Kenwotu me apretó contra él, aplastando mis pechos contra su pecho, me agarró por la nuca y me besó. Sentí su lengua entrar en mi boca y me aparté suavemente.

Kenwotu se quitó las botas y los calcetines, se desabrochó el cinturón claveteado y se bajó los tejanos. Su estómago es plano y fuerte, con los músculos bien marcados, y los muslos poderosos de un hombre que debe dedicar bastantes horas en el gimnasio a cuidar su forma física. Llevaba un slip negro que revelaba unos órganos sexuales de gran tamaño, tanto el pene como los testículos, pero, curiosamente, no sentí miedo de nada. Yo me senté en la cama, me quité las botitas, me bajé los pantaloncitos y me estiré en las sábanas casi desnuda, cubierta sólo por el tanga  que apenas tapaba mi sexo. Kenwotu me continuaba mirando sonriendo, y se notaba que su pene cada vez ocupaba más espacio en el interior de su slip. Pero yo no tenía miedo, no era para nada una virgen temerosa de ser violada, estaba allí porque quería, ya era hora de divertirnos, era lo que habíamos pensado y planificado Marta y yo mientras veíamos en su habitación películas porno. Agarró la bolsa de plástico, y sacó un espray y una pequeña terrina, que depositó junto a mi cabeza en la almohada. Con un gesto rápido y enérgico se bajó el slip, liberando sus genitales, ahora sí que me quedé impresionada y sentí por primera vez aquella noche de mi estreno como guerrera una gran inquietud y temor al ver un pene tan grande en el vientre del negro.

Delante de mí, al lado de la cama, se dibujó a mi lado el cuerpo desnudo de Kenwotu, de pie a la altura de mi cara. Se le veía hasta la mitad de los muslos, iluminado sólo por la tenue luz de la habitación. Me fijé de nuevo en su pene, ahora ya muy cerca de mi, recto y enorme. En la ingle, junto al sexo, llevaba un tatuaje que representaba un alacrán. Nuestros ojos se cruzaron de nuevo, y él sonreía y me miraba con  fuego en los ojos.

Se inclinó sobre mí, tomó el espray que había dejado en la almohada y empezó con cara divertida a llenarme el cuerpo con una espuma blanca. Me alarmé, hasta que me di cuenta de que era nata azucarada. Kenwotu me fue llenando el cuerpo de nata, la cara, el cuello, las tetas, el vientre, los muslos, las piernas, los pies, el sexo… Con los dedos hasta me introdujo un poco de nata dentro de la vagina y yo me puse a mil. Entonces se embadurnó su pene y los testículos también con la nata, dejó el espray y abrió la cajita que también antes había dejado en la almohada. Vi con sorpresa que sacaba unas fresas, y me enganchaba una en la frente, otra en los labios, una en cada pezón, una en cada muslo y en cada pie, y, finalmente, la más grande me la dejó en la entrada de la vagina…

-Baby, esta noche yo devorar tarta de nata y fresas, y mi tarta ser tú, o sea que ahora, ñam, ñam, yo comer mi  pastel, tú,  nena… –me dijo con voz muy burlona Kenwotu abalanzándose sobre mí.

El negro se arrodilló a mi lado y empezó a lamer la nata que había esparcido por todo mi cuerpo. Yo sentía un placer indescriptible al sentir su lengua pasearse por todos los rincones de mi piel. Y, poco a poco, el hombre iba mordiendo las fresas y la carne que tenían debajo y se las iba comiendo. Nunca me había imaginado yo a mi misma como una tarta de fresas con nata devorada por un maduro y experto follador negro. Cuando se comió las fresas de mis tetas me mordió los pezones, y yo dejé ir un extraño grito que era más de placer que de dolor, mientras notaba que se erguían y endurecían. Y cuando se comió la fresa de la entrada de la vagina, introdujo su lengua y lamió el interior de mi sexo dando un pellizco al clítoris. Yo gemí de placer y me estremecí, mientras él se arrodillaba y se sentaba encima de mí con el culo en mis tetas y su pene y testículos en mi cara. Se enganchó algunas fresas, una de ellas precisamente en la punta del pene, ý yo entendí perfectamente lo que tenía que hacer. Puse mi boca en el pene de Kenwotu, sorbiendo la nata y con ella la fresa que mastiqué, y poco a poco fui devorando las otras fresas mientas lamía su pene y sus testículos hasta dejarlos casi libres de la nata que los había impregnado.

Entonces sentí que  Kenwotu me tomaba una de las tetas y la apretaba con fuerza con  la mano. Volví a gemir, y él, entonces, se deslizó encima de mí cubriéndome con todo el peso de su cuerpo. Me besó, apretó sus labios en los míos, sentí el gusto al extraño tabaco y a alcohol de su aliento dentro de mi boca, le dejé que continuase besándome y mordiéndome, luego apreté mis labios en los suyos y el aprovechó de nuevo para introducir su lengua en mi boca recorriendo mis dientes y acariciando mi lengua. Hice un gesto para separar mi boca de la de él, pero Kenwotu me sujetó la cara con las manos e impidió que me moviese. Al tiempo que me besaba, empezó a acariciarme de nuevo los muslos, por fuera y luego por la parte de dentro, me gustó mucho sentir su mano caliente allí, y luego sentí sus dedos moviéndose encima de mi sexo, introduciéndolos poco a poco en mi vagina jugando con el clítoris… Yo jadeaba y no dejaba de gemir de placer.

Noté que me separaba completamente los muslos y se colocaba en medio, a mi me gustaba mucho sentir su peso encima de mi, su vientre aplastado en el mío, -allí notaba que estaba también el pene de Kenwotu- su pecho oprimiendo mis tetas…  Sudaba, yo también me movía aunque su cuerpo pesaba muchísimo encima del mío…Y sentí, de golpe, que algo se metía en mi sexo, algo se metía en mi vientre…. Algo empezaba a entrar en mi cuerpo…Pensé que eran los dedos de Kenwotu, como antes, pero, no, no podía ser, claro, sus dos manos estaban en mi cuerpo, .aquello era ya aquel enorme pene  que salía del vientre del negro…  ¡Era su polla entrando ya en mi vagina!  Sí, me estaba metiendo el pene, noté que se abría paso, estaba entrando en mi sexo, era algo enorme y muy caliente, duro y suavemente deslizante por la nata,  se estaba introduciendo en mi cuerpo lentamente pero cada vez más, estaba a veces quieta, le dejaba hacer. De golpe, un pinchazo, dolor, grité, gemí, como si algo me cortase y desgarrase, me di cuenta de que el negro acababa de desvirgarme casi sin sentir de que ya tenía su pene tan adentro. Y mientras me sujetaba, me besaba y abrazaba. Kenwotu acabó de meter toda su enorme polla dentro de mi, me la clavó hasta lo más hondo, me hacía daño y me daba mucho placer, todo al mismo tiempo…

Kenwotu dejó ir una especie de rugido para celebrar el momento en que me acababa de penetrar y desvirgar, me besó en la boca, buscó mi lengua hasta morderla, me lamió la cara, me mordió el cuello, me chupó los pezones, me hizo todo aquello que había antes notado que me gustaba que hiciese, y empezó a moverse arriba y abajo, y yo notaba que su pene, entraba y casi salía de mi sexo, entraba y salía, entraba y salía, penetraba más profundamente y casi volvía a salir… Notaba un gran placer cuando volvía a meter su enorme polla hasta el fondo, me di cuenta de algo nuevo fantástico y espantoso: a mi me gustaba con locura sin precedentes sentir su pene dentro de mi vagina, era como un picor muy agradable notar el miembro del hombre moverse adelante y atrás dentro de mi vientre, especialmente cuando parecía llegar al fondo, el  dolor se mezclaba con algo tremendamente placentero, excitante,  agradable y enloquecedor que me dejaba sin respiración, yo notaba todo el peso de su cuerpo encima del mío, moviéndose arriba y abajo, moviéndome a mi al moverse él, se aplastaba contra mi, se movía, me continuaba besando, mordiendo, me gustaba, y yo, y yo… Me sentía en lejanos planetas en los que mi excitación y placer eran infinitos…

De pronto, sentí un gemido, como una queja que venía de la otra habitación, era la voz de Marta, una especie de gemido seguido de un grito de dolor y unos chillidos que cesaron enseguida,  y me di cuenta de que Pangwo ya se la había metido en ese momento, la acababa de penetrar y desvirgar, tal vez le había hecho  más de daño que Kenwotu a  mi… Iban más retrasados que nosotros, tal vez Pangwo se había deleitado más lamiendo su tarta de fresas con nata y por eso había tardado más en metérsela a Marta que Kenwotu a mi …

Sí, seguro que Kenwotu y Pangwo estaban disfrutando monstruosamente con nosotras, desvirgar y  follarse unas guapas chavalas adolescentes sin que nos quejásemos, sin que nos sintiésemos violadas para nada, no era lo mismo que hacerlo con sus habituales putas guerreras de discoteca… Marta volvió a gritar, me imaginé a Pangwo moviéndose encima de ella igual que Kenwotu lo estaba haciendo encima de mi, seguro que le hacía lo mismo, metérsela y casi sacársela, metérsela más adentro y afuera otra vez, adentro y afuera…  Marta gimió de nuevo, pero ahora era una especie de ronroneo como el de una gata…  Yo noté entonces como si el pene de Kenwotu me atravesase el vientre con un empujón más fuerte que los anteriores y también grité, cosa que pareció agradar mucho a mi alacrán. La verdad era que todo aquello era fantástico, y que nunca me había sentido tan súper-excitada como notando la gran polla de Kenwotu moverse dentro de mi cuerpo apretando cada vez más…  Me abracé al negro, que continuaba moviendo su pene dentro de mi vientre cada vez más salvajemente, respiraba como si le faltase aire, le besé, le mordí el cuello, apreté su culo contra mi vientre, casi hasta hacerme cada vez más daño cuando me clavaba el pene hasta pegar su pubis contra el mío, me moví arriba y abajo, adelante y atrás, acompasando mis movimientos a los suyos.  Era formidable, sí, su polla no dejaba de moverse dentro de mi, frotándose contra las paredes de la vagina y presionando el fondo, entrando y saliendo, entrando y saliendo, el negro jadeaba, me miraba, cerraba los ojos, me bañaba con su sudor, yo también sudaba, me gustaba mucho, no sé explicar mejor cómo disfrutábamos los dos enloquecidos…

Inesperadamente, de golpe, como un relámpago, Kenwotu dejó ir un gemido más alto, un grito que pareció un aullido desesperado, como si algo explotase dentro de él…  Se quedó quieto un momento, su cuerpo se puso como rígido, como duro como si todos sus músculos tuviesen un calambre, y luego empezó a moverse frenéticamente, muy acelerado, a mi me gustaba mucho, ni él ni yo podíamos respirar, su pene entraba y salía de mi sexo a gran velocidad, él me movía y me aplastaba como si veinte elefantes furiosos saltasen encima de mi, pero cada vez me gustaba y disfrutaba más… Kenwotu empezó a aullar más alto,  como si se ahogase, y yo noté entonces que cada vez que ahora él pegaba un nuevo salto hacia adelante, clavándome la polla hasta el final, un líquido muy caliente, su semen,  me entraba a borbotones, como  brotase de una fuente inacabable de esperma que estaba inundando el interior de mi vientre, me notaba mojada, sudaba, yo también aullaba de placer… Clavé mis uñas en el cuerpo del negro y también exploté, me quejé, me puse a jadear, grité,  me moví tan rápidamente como él, le besé, le mordí, empecé a saber lo que es un orgasmo rabioso y enloquecedor…  Era como si mil demonios de fuego explotasen dentro de mí, no podía respirar, y aquello seguía, seguía, ahora era yo quien movía al senegalés al saltar en espasmos casi epilépticos de placer… Hasta que me di cuenta de que estaba empezando a quedarme quieta, en reposo, poco a poco, y al final ya casi no me movía, Kenwotu ya estaba como paralizado encima de mí, aplastando mi cuerpo con el peso del suyo, a los dos nos costaba respirar, estábamos bañados en sudor… Y se oían gritos y gemidos en la habitación de al lado, el congoleño Pangwo y Marta estaban viviendo las mismas sensaciones de agonía, placer y vida que Kenwotu y yo…

Después yo le acaricié la cabeza, me notaba mojada por dentro y por fuera, un líquido caliente se movía en mi vientre y bajaba por mis muslos mezclándose con el sudor que nos bañaba como si estuviésemos en el interior de una piscina, él estaba como dormido, como muerto, encima de mi, pero no me molestaba,  me gustaba mucho sentir el peso de su cuerpo encima del mío aunque al mismo tiempo me ahogaba al impedirme respirar y recobrar el aliento…

Y, al lado, todavía se oía a Pangwo y a Marta gemir, gritar, jadear, mover la cama haciéndola crujir como nosotros antes, ahora ellos también estaban encamados explotando como nosotros hacía unos momentos, Pangwo estaba eyaculando su esperma dentro de Marta, a ella le parecía estar gustando tanto como a mí… Es completamente imposible que más… Después todo fue quedando poco a poco en silencio, ya no habían ruidos ni crujidos de camas, continuaba la luz iluminando tenuemente la habitación,… Se oía nuestra respiración, Kenwotu estaba medio dormido, yo casi también…  Le aparté poco a poco, hice que se pusiese de lado para poder respirar mejor, su peso dejó de aplastarme, su polla abandonó mi vagina al ir cesando la erección y ablandarse… Se quedó pegado a mí, puso su mano en mi sexo y se dedicó a chuparme la teta que le quedaba más cerca de la boca, después la otra, yo tomé el pene de Kenwotu con la mano, apreté sus testículos…  A él le gustó porque dejó ir una especie de ronroneo de animal satisfecho,  giró su cara para buscar la mía y besarme sin la desesperación de antes, su aliento daba en mi cuello, el calor de su cuerpo cubría de lado el mío, llevó su mano a mi sexo y la dejó allí jugando con sus dedos dentro de mi vagina mojada y luego pasándome los dedos por todo el cuerpo llenándome de semen mezclado con la sangre de mi desfloración,  apretándome las tetas y mordiéndome los pezones…

Una media hora después entraron Marta y Pangwo desnudos en nuestra habitación. El congoleño llevaba a mi amiga agarrada por la cintura y le iba tocando las tetas y dándole besitos en la boca. Marta iba con todo el cuerpo lleno de restos de nata, supongo que igual que yo, y de su vagina goteaba semen con sangre hacia los muslos. Tomamos los cuatro unos albornoces que estaban colgados en unas perchas en las dos habitaciones, y salimos al pasillo para ir a los cuartos de baño a limpiarnos el sudor, el semen, la saliva y los restos pringosos de la nata y las fresas mezclados con todo ello… Estábamos los cuatro realmente asquerosos, pero Kenwotu me lamía y parecía encantarle el sabor de  mi cuerpo. En el pasillo nos cruzamos con hombres y chicas desnudos que iban o venían de los baños o de la orgía general que parecía haberse desencadenado en el piso inferior. En el baño en el que entramos una especie de ogro gigantesco de mediana edad muy grueso y con una poblada barba al estilo árabe se estaba follando contra la pared a la chica rubia de aspecto nórdico o ruso que nos había entregado las llaves de las habitaciones, completamente desnudos los dos. Les ignoramos y nos colocamos los cuatro dentro del baño abriendo el agua caliente de la ducha y limpiándonos a fondo jugando a besarnos y tocarnos, especialmente a Pangwo parecía hacerle bastante ilusión ahora mirarme y frotar su pene contra mi culo y pellizcarme las tetas, aunque Kenwotu hacía cosas similares con Marta.

Después de ducharnos y lavarnos con mucho jabón, nos pusimos los albornoces y volvimos a la habitación. Nos vestimos, dejamos las llaves de las habitaciones colocadas en las puertas y los hombres nos llevaron por una puerta del fondo del pasillo que conduce del primer piso a una especie de escalera de emergencia y el exterior sin pasar por el piso inferior, del que llegaba humo de tabaco, gemidos, rumores de conversaciones y  una extraña música sincopada.. Casi no hablábamos, tan solo ellos nos daban besitos y nos sonreían como burlándose de nosotras. Llamamos un taxi para volver a casa. Los dos negros quisieron darnos dinero para pagarlo, pero lo rechazamos, nosotras no somos dos putitas más de las que ellos seguro que suelen follarse cada día pillándolas en cualquier bar o discoteca. Al despedirnos quedamos en encontrarnos al mediodía siguiente en la puerta de la estación del metro de Atarazanas-Colón, vendrán a buscarnos con su coche. Supongo que querrán que lo volvamos a hacer enseguida en  algún lugar al que nos lleven, la verdad es que ya tengo ganas de volver a hacerlo con Kenwotu, tengo que reconocer que he disfrutado como una loca con el senegalés, tal vez por el morbo de que él sea un hombre negro y de la edad de mi papá,  pero de un aspecto tan impresionante y peligroso… Aunque tal vez quieran cambiar de pareja, por lo que vi cuando nos duchábamos, y Kenwotu se vaya con Marta mientras Pangwo me folle a mí, bueno, no me importa probar como folla el congoleño, le preguntaré a Marta que me lo explique…

Ya en mi casa, estábamos muy destrozadas, como si nos hubiesen dado una paliza o jugado un partido de rugby, estábamos muy excitadas, agotadas, cansadas y satisfechas… Nos mirábamos y nos entraba una risita histérica pensando en nosotras dos debajo de los dos hombres con sus pollas dentro de nuestros vientres… Y con ganas de repetir, esperando que llegase enseguida el mediodía del sábado… Sí, ya somos dos pibonas guerreras… Y nos gusta, claro…

Mamá, Chicho me toca,

me toca cada vez más.

Mamá, Chicho me toca, me toca, me toca,

defiéndeme tú.

 

Mamá, Chicho me besa,

me besa cada vez más.

Mamá, Chicho me besa, me besa, me besa,

aléjalo tú.

 

Tócame, Chicho, si mamá no mira,

porque si nos ve no nos va a dejar.

Tócame, Chicho, si mamá no mira,

porque si nos ve nos hace casar.

(Canción del programa de televisión Tutti Frutti)

Tati

Barcelona, Marzo de 2013



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