Relatos Porno

10 enero, 2014

Este es mi segundo relato, y la verdadera razón por la que comencé a contar mi historia.

Después de dar el primer paso y engañar a mi pareja co mi vecina madura, me dí cuenta de la vida tan vacía que llevaba. No es que no quisiera a mi mujer, pero no sólo fe amor se vive, hay otras necesidades que no satisfacía.

Mi propia autoestima había cambiado, de repente me veía capaz de hacer cualquier cosa, si a eso unimos que siempre me he cuidado, no me fue muy difícil encontrar compañeras para mis fantasías, pero había una que llevaba tiempo rondándome la cabeza, mi hijastra.

Su nombre es María, por entonces tenía 19 años, un cuerpo delgado, con unas caderas generosas que prometen el paraíso entre sus piernas, unos pechos pequeños pero firmes y deseables. Pero lo más excitante de ella es su hermosa cara, con un pelo largo y que cae liso sobre su espalda, por esa época lo llevaba rubio, pero lo que más me atraía era su mirada, de autosuficiencia, segura de si misma. Esa misma seguridad propició la realización de mi fantasía.

Era una tarde de junio, por lo que hacía mucho calor, me encontraba viendo la tele en el salón, cuando María entró y se sentó a mi lado.

-Que mirás-me preguntó mientras se sentaba a mi lado.

-Una película, nada especial-le contesté aprovechando para echarle una mirada rápida. Llevaba puesto un short  vaquero muy ceñido y desgastado, y una blusa holgada que dejaba uno de sus hombros al aire, nada más. Con lo de nada más me refiero a que no llevaba puesto sujetador, por lo que sus pechos se marcaban perfectamente, resaltando los pezones erectos bajo la blusa.

Mi pene reaccionó instantaneamente ante tal visión, sin yo percatarme, al estar atento a tan maravillosa visión. Teniendo en cuenta que apenas llevaba un pantalón de deporte, era difícil de ocultar.

María enseguida se percató del detalle, mientras yo dificilmente podía apartar mi mirada de sus pechos.

-Jajaja, que es eso papi?, te alegras de verme?-me dice sin complejos señalando mi entrepierna.

Bajo mi mirada siguiendo la dirección de la suya,, encontrándome el espectácul de mi propia polla, bien dura y marcándose bajo mi pantalón de deporte, con la punta del capullo asomando alegremente por una de las perneras.

Antigüamente me hubiese avergonzado como un quinceañero, le pediría perdón y me inventaría una escusa estúpida. Pero como ya conté antes, mi seguridad había crecido desde mi primer aventura. Así que la miré fijamente a los ojos y le dije.

-Que quieres que te diga nena, soy un hombre, y tú tienes un cuerpo realmente apetecible. Volverías loco a cualquier hombre, y recuerda que no soy tu padre biológico.

Se me quedó mirando detenidamente, sopesando mis palabras.

-Que quieres que te diga, tú también estas muy bien, y esa herramienta que tienes me pone mala. Además sabes que no tengo novio, y hace mucho que no tengo relaciones.-respondió con descaro, mientras su mirada no se apartaba de mi entrepierna.

-Yo estaría encantado de complacerte, nadie tiene porque saberlo-le dije directamente, y sin dejarle tiempo a procesar mis palabras la agarré por la cintura, atrayéndola hacia mi para besarla. Al principio la noté rígida entre mis brazos, pero sólo fue un instante, enseguida noté sus manos recorriendo mi espalda, mientras su lengua buscaba la mía, succionando mi saliva con deseo.

Sus manos buscaron el borde de mi camiseta, para quitármela por encima de mi cabeza.Yo hice lo propio con la suya, estaba deseando ver esos pechos, y no me decepcionaron. Parecían dos melocotones maduros, con esa pelusilla rubía, y unos pezones sonrosados que se encontraban bien duros por la excitación.

Me quedé un instante mirándola detenidamente, mi pene a punto de estallar ante tal visión, pugnaba por liberarse de su prisión. María enseguida se percató del detalle, alargó una mano y la posó sobre el bulto palpitante.

-Ummm, que tienes ahí papi, parece que quiere salir.

No necesité más, me levanté poniéndome delante de ella, expectante. Ella m dedicó una mirada pícara mientras sus manos ya bajaba el pantalón. Mi miembro saltó como un resorte, golpeándole la mejilla, ella se quedó mirándola con los ojos como platos.

-Papi, que calladito te lo tenías- comentó mientras agarraba mi miembro erecto con su mano derecha. Su lengua empezó a jugar con la punta de mi glande, para después recorrer todo el tronco, hasta mis testículos, metiéndoselos en la boca, mientras su mano no dejaba de masajear mi polla. Yo estaba deseando que se metiera todo mi pene en su boca, pero ella seguía retrasando el momento, jugando conmigo, hasta que volvió a subir su lengua por mi tronco, para quedar lamiéndome el capullo en círculos, mientras se regodeaba mirándome con descaro, adivinando mis deseos.

Tomé sin previo aviso la iniciativa, cogí su cabeza por los pelos e introduje mi polla hasta el final de su garganta. La embestida la cogió de sorpresa, provocándole arcadas, pero sólo fue un momento, el echo de que la tratara como un objeto para mi placer la puso cachonda, así que me dejó hacer. Le penetré la boca a gusto, agarrándola fuertemente del pelo. Mientras, ella ya había desabrochado su short, introduciendo



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